lunes, 18 de mayo de 2026

18. EL PLAN DE REDENCIÓN. V. EXALTAD A JESÚS “COMO EL LEGISLADOR DIVINO”

 

Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino 

poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. (2 Ped. 1:3).

El mundo cristiano sólo comprende nebulosamente el plan de salvación. El hombre, debido a la manera en que es enseñado actualmente por hombres que pretenden poseer un conocimiento de las Escrituras, nunca puede darse cuenta de los alcances de su condición caída y degradada; pero la misión de Cristo revelará la verdad como se la ve en Jesús.

 El hombre puede darse cuenta de las profundidades ha donde se ha hundido 

únicamente al contemplar la admirable cadena de redención usada para rescatarlo.

El grado de nuestra ruina se puede discernir únicamente a luz de la ley de Dios exhibida en la 

cruz del Calvario. El maravilloso plan de redención debe ser discernido en la muerte de Cristo.

Por su propia sabiduría el mundo no puede adquirir un 

conocimiento correcto acerca del Dios verdadero y viviente.

 Cuando Cristo vino a este mundo, vistiendo su divinidad con la humanidad, el trato que recibió

 de parte de las autoridades más elevadas de una nación que profesaba conocer a Dios, puso 

totalmente de manifiesto el poder de la sabiduría y la razón humanas. Su razonamiento 

no pudo formular una idea correcta acerca de Dios a partir de sus obras y su forma de ser.

 El ser humano puede llegar a vivir la ley únicamente mediante la fe en Cristo, El hombre es incapaz de salvarse a sí mismo, pero el Hijo de Dios pelea sus batallas en favor de él, y lo coloca en un terreno ventajoso al concederle sus atributos divinos Y cuando el ser humano acepta la justicia de Cristo, es hecho participante de la naturaleza divina. Entonces puede guardar los mandamientos de Dios y vivir.

Pedro dice: "Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia" (2 Ped. 1:4).

La verdad, como está en Jesús, significa obediencia a cada precepto de Jehová. Es una obra del corazón. La santificación bíblica no es aquella santificación espuria que ni siquiera Investiga las 

Escrituras, sino que coloca su confianza en los buenos sentimientos 

e impulsos en lugar de buscar la verdad como un tesoro escondido.

La santificación de la Biblia inducirá a sus poseedores a conocer los requerimientos de Dios y a obedecerlos. Hay un cielo puro y santo reservado para los que guardan los mandamientos de Dios.

Es digno de un esfuerzo incansable, perseverante y de toda la vida. Satanás se 

encuentra a su mano derecha y también a su izquierda; está delante y detrás de usted.

El suple de falsedades a cada alma que no atesora la verdad como se encuentra en 

Jesús. El, el destructor, está sobre usted para paralizar cada uno de sus esfuerzos. 

Pero hay una corona de vida que ganar, 

una vida que se mide por la vida de Dios.

Y los que no cierran sus corazones y mentes a la convicción aprenderán lo que es el amor a un Dios santo y justo; porque se trata de un principio admirable, que obra de una manera misteriosa y extraordinaria para obtener la salvación de la raza. (Review and Herald, 8 de febrero 1898). EJ 147

AUDIO. https://youtu.be/upnZoVLDhmA


domingo, 17 de mayo de 2026

AUTOESTIMA

17. EL PRINCIPIO DEL AMOR EN LA LEY. V. EXALTAD A JESÚS “COMO EL LEGISLADOR DIVINO”

Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. (1 Juan 4:19).

No hay evidencia de arrepentimiento verdadero cuando no se produce una reforma en la vida. Si restituye la prenda, devuelve lo que haya robado, confiesa sus pecados y ama a Dios y a su prójimo, el pecador puede estar seguro de que pasó de muerte a vida.

Cuando vamos a Cristo como seres errados y pecaminosos, y nos hacemos participantes de su gracia perdonadora, el amor brota en nuestro corazón. Toda carga resulta ligera, porque el yugo de Cristo es suave. 

Nuestros deberes se vuelven delicias y los sacrificios un placer. El sendero que

 antes nos parecía cubierto de tinieblas brilla ahora con los rayos del Sol de justicia.

La hermosura del carácter de Cristo ha de verse en los que le siguen.

Él se deleitaba en hacer la voluntad de Dios. El poder que predominaba en la vida de nuestro Salvador era el amor a Dios y el celo por su gloria. El amor embellecía y ennoblecía todas sus acciones.

El amor es de Dios, el corazón inconverso no puede producirlo u originarlo. Se encuentra solamente en el corazón donde Cristo reina. "Nosotros amamos, por cuanto él nos amó primero".

En el corazón regenerado por la gracia divina, el amor es el móvil de las acciones. Modifica el carácter, gobierna los impulsos, restringe las pasiones, subyuga la enemistad y ennoblece los afectos.

Este amor atesorado en el alma endulza la vida y derrama una 

influencia purificadora sobre todos los que están en derredor.

Hay dos errores contra los cuales los hijos de Dios, o particularmente los que apenas han comenzado a confiar en su gracia, deben guardarse en forma especial. El primero... es el de fijarnos en nuestras propias obras, confiando en algo que podamos hacer para ponernos en armonía con Dios.

 El que está procurando llegar a ser santo mediante sus esfuerzos por observar la ley, está procurando una imposibilidad. Todo lo que el hombre pueda hacer sin Cristo está contaminado de egoísmo y pecado. Sólo la gracia de Cristo, por medio de la fe, puede hacernos santos.

El error opuesto y no menos peligroso consiste en sostener que la fe en Cristo exime a los hombres de guardar la ley de Dios, y que en vista de que sólo por la fe llegamos a ser participantes de la gracia de Cristo, nuestras obras no tienen nada que ver con nuestra redención. (A menos que Cristo sea la esencia de esas obras. Ver Efes. 2:10; Stg. 2:20; Juan 5:29; Mt. 16:27; Rom. 2:13…).

NÓTESE, sin embargo, que la obediencia no es un mero cumplimiento externo, sino un servicio de amor. La ley de Dios es una expresión de la misma naturaleza de su Autor; es la personificación del gran principio del amor, y es, por lo tanto, el fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra.

Si nuestros corazones están renovados a la semejanza de Dios, si el amor divino 

está implantado en el alma, ¿no se cumplirá la ley de Dios en nuestra vida?

Cuando el principio del amor es implantado en el corazón, cuando el hombre es 

renovado a la imagen del que lo creó, se cumple en él, la promesa del nuevo pacto...

La obediencia, es decir el servicio y la lealtad que se rinden por amor, es la

 verdadera prueba del discipulado. (El camino a Cristo, págs. 59-61). EJ 146

AUDIO. https://youtu.be/xj-_iuUEtbo