¿No
sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois
esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la
obediencia para justicia? (Rom. 6:16).
Cuando se le ha permitido a la mente ocuparse únicamente de cosas
terrenales, la tarea de cambiar los hábitos de pensamiento resulta muy difícil.
Lo que los ojos ven y los oídos oyen, demasiado
a menudo atrae la atención y absorbe el interés.
Pero si hemos de entrar en la ciudad de Dios y contemplar a Jesús en
su gloria, debemos
acostumbrarnos aquí a mirarlo con los ojos de la fe.
Las palabras y el carácter de Cristo debieran ser a menudo el
tema de nuestros pensamientos y conversaciones; y cada día se debería dedicar
un tiempo especial a la oración y la meditación acerca de estos temas sagrados.
La santificación es una tarea diaria. Que nadie se engañe a sí mismo pensando que
Dios lo perdonará y bendecirá mientras continúe pisoteando
uno de sus requerimientos.
La comisión voluntaria de un pecado reconocido silencia el
testimonio de la voz del Espíritu, y separa el alma de Dios. No importa cuál
sea el éxtasis del sentimiento religioso, Jesús no puede morar en el corazón de
la persona que desprecia la ley divina. Dios honrará únicamente a los que le
honran.
"Si
os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a
quien obedecéis". Si consentimos el enojo, la pasión, la codicia, el odio,
el egoísmo o cualquier otro pecado, nos hacemos esclavos del pecado. "Ninguno
puede servir a dos señores". Si servimos al pecado, no podemos servir a
Cristo.
El cristiano
experimentará las exigencias del pecado, porque la carne codicia contra el
Espíritu; pero el Espíritu lucha contra la carne, manteniendo una guerra
constante. Aquí es donde se necesita la ayuda de Cristo.
La debilidad humana se une con la fuerza divina y la fe exclama: "…Gracias sean dadas
a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo" (1 Cor. 15:57).
Si
hemos de desarrollar un carácter que Dios pueda aceptar, debemos formar hábitos
correctos en nuestra vida religiosa. La oración cotidiana es esencial para
crecer en la gracia, y aun para la misma vida espiritual, así como el alimento
físico es indispensable para el bienestar temporal.
Debemos acostumbrarnos a elevar a menudo nuestros pensamientos
en oración a Dios. Si la mente divaga, debemos traerla de vuelta; mediante el
esfuerzo perseverante se transformará por fin en algo habitual. Ni por un
momento podemos separarnos de Cristo sin peligro. Podemos tener su presencia
que nos ayude a cada paso únicamente si respetamos las condiciones que él mismo
ha establecido.
La
religión debe transformarse en el gran propósito de la vida. Todo lo demás debe
subordinarse a ella. Todas las facultades del alma, el cuerpo y el espíritu
deben empeñarse en la lucha cristiana.
Debemos confiar en Cristo para recibir fuerza y gracia, y ganaremos la victoria tan ciertamente
como Jesús la ganó
por nosotros. (Review and Herald, 15 de noviembre, 1887). EJ 139
AUDIO. https://youtu.be/ZNQL63Rz7fM
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