Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. (1 Juan 4:19).
No hay evidencia de arrepentimiento verdadero cuando no se
produce una reforma en la vida. Si restituye la prenda, devuelve lo que haya
robado, confiesa sus pecados y ama a Dios y a su prójimo, el pecador puede
estar seguro de que pasó de muerte a vida.
Cuando vamos a Cristo como seres errados y pecaminosos, y nos hacemos participantes de su gracia perdonadora, el amor brota en nuestro corazón. Toda carga resulta ligera, porque el yugo de Cristo es suave.
Nuestros deberes se vuelven delicias y los sacrificios un placer. El sendero que
antes nos parecía cubierto de tinieblas brilla ahora con los rayos del Sol de justicia.
La hermosura del carácter de
Cristo ha de verse en los que le siguen.
Él se deleitaba
en hacer la voluntad de Dios. El poder que predominaba en
la vida de nuestro Salvador era el amor a Dios y el celo
por su gloria. El amor embellecía y ennoblecía todas sus
acciones.
El amor es de Dios, el
corazón inconverso no puede producirlo u originarlo. Se encuentra
solamente en el corazón donde Cristo reina. "Nosotros
amamos, por cuanto él nos amó primero".
En el corazón regenerado por la gracia divina, el amor es el móvil de las acciones. Modifica el carácter,
gobierna los impulsos, restringe las pasiones, subyuga la enemistad
y ennoblece los afectos.
Este amor atesorado en el alma endulza la vida y derrama una
influencia purificadora sobre
todos los que están en derredor.
Hay dos errores contra los cuales los
hijos de Dios, o particularmente los que apenas han comenzado a confiar en su
gracia, deben guardarse en forma especial. El primero... es el de
fijarnos en nuestras propias obras, confiando en algo que podamos hacer para
ponernos en armonía con Dios.
El que está procurando
llegar a ser santo mediante sus esfuerzos por observar la ley, está procurando
una imposibilidad. Todo lo que el hombre pueda hacer sin Cristo está
contaminado de egoísmo y pecado. Sólo la gracia de Cristo, por medio
de la fe, puede hacernos santos.
El error opuesto y no menos peligroso consiste en sostener que la fe en
Cristo exime a los hombres de guardar la ley de Dios, y que en
vista de que sólo por la fe llegamos a ser participantes de la
gracia de Cristo, nuestras obras no tienen nada que ver con nuestra
redención. (A menos que Cristo
sea la esencia de esas obras. Ver Efes. 2:10; Stg. 2:20; Juan 5:29; Mt. 16:27;
Rom. 2:13…).
NÓTESE, sin embargo, que
la obediencia no es un mero cumplimiento externo, sino un servicio de amor. La
ley de Dios es una expresión de la misma naturaleza de su Autor; es la
personificación del gran principio del amor, y es, por lo tanto, el fundamento
de su gobierno en los cielos y en la tierra.
Si nuestros corazones están renovados a la semejanza de Dios, si el amor divino
está implantado en el alma, ¿no se
cumplirá la ley de Dios en nuestra vida?
Cuando el principio del amor es implantado en el corazón, cuando el hombre es
renovado
a la imagen del que lo creó, se cumple en él, la promesa del nuevo pacto...
La obediencia, es decir el servicio y la lealtad que se rinden por amor, es la
verdadera prueba del discipulado. (El camino a Cristo, págs. 59-61). EJ 146
AUDIO.
https://youtu.be/xj-_iuUEtbo
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