Ciertamente todo sacerdote está
día tras día mostrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que
nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para
siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.
(Heb. 10:11-12).
En los tiempos patriarcales, el ofrecimiento de sacrificios
relacionados con el culto divino recordaba perpetuamente el advenimiento
de un Salvador; y lo mismo sucedía durante toda la historia de Israel con el
ritual de los servicios en el santuario.
En el ministerio del
tabernáculo, y más tarde en el templo que lo reemplazó, mediante figuras y sombras
se enseñaban diariamente al pueblo las grandes verdades relativas a
la venida de Cristo como redentor, sacerdote y rey; y una vez al año se le
inducía a contemplar los acontecimientos finales de la gran controversia entre
Cristo y Satanás, que eliminarán del universo el pecado y los pecadores.
Los sacrificios y las ofrendas del ritual mosaico señalaban siempre hacia adelante, hacia un servicio mejor,
el celestial. El Santuario Terrenal "era figura de aquel tiempo
presente, en el cual se ofrecían presentes y sacrificios"; y sus dos
lugares santos eran "figuras de las cosas celestiales"; pues
Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, es hoy "Ministro del santuario, y
de aquel verdadero tabernáculo que el Señor levantó, y no hombre" (Heb.
9:9, 23; 8:2).
Desde el día en que el Señor
declaró a la serpiente en el Edén: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y
la simiente suya" (Gén. 3:15), supo Satanás que nunca podría
ejercer el dominio absoluto sobre los habitantes de este mundo.
Cuando Adán y sus hijos comenzaron a ofrecer los sacrificios ceremoniales ordenados por Dios como figura del Redentor venidero, Satanás discernió en ellos un símbolo de la comunión entre la tierra y el cielo.
Durante los largos siglos que siguieron, se esforzó constantemente para interceptar esa comunión. Incansablemente procuró calumniar a Dios y dar una falsa interpretación a los ritos que señalaban al Salvador...
Mientras Dios deseaba enseñar a los hombres que el don que los reconcilia consigo mismo proviene de él, el gran enemigo de la humanidad procuró representar a Dios como un ser que se deleita en destruirlos.
De este
modo los sacrificios y los ritos mediante los cuales el cielo quería
revelar el amor divino fueron pervertidos. (Profetas y reyes, págs.
504-505).
Con sus palabras y sus acciones, durante su ministerio terrenal, el Mesías iba a revelar a la humanidad la gloria de Dios el Padre. Cada acto de su vida, cada palabra que hablara, cada milagro que realizara, iba a dar a conocer a la humanidad caída el amor infinito de Dios.
Mediante los patriarcas y los profetas, así
como mediante las figuras y los símbolos, Dios hablaba al mundo
del advenimiento de quien lo libertaría del pecado. Id., págs. 513-514. EJ21
AUDIO. https://youtu.be/l7Bpo-B_Hdo
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