Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo:...
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mat. 27:46).
Cuando los hombres y las mujeres puedan comprender plenamente la
magnitud del gran sacrificio que fue hecho por la Majestad del cielo al morir
en lugar del hombre, entonces será magnificado el plan de salvación, y
al reflexionar en el Calvario se despertarán emociones tiernas,
sagradas y vivas en el corazón del cristiano; vibrarán en su
corazón y en sus labios alabanzas a Dios y al Cordero.
El orgullo y la
estima propia no pueden florecer en los corazones que mantienen frescos
los recuerdos de las escenas del Calvario. Este mundo parecerá de poco
valor a aquellos que estimen el gran precio de la redención del hombre, la
preciosa sangre del amado Hijo de Dios. Todas las riquezas del mundo
no tienen suficiente valor para redimir un alma que perece.
¿Quién puede medir
el amor que sintió Cristo por el mundo perdido, mientras pendía de la cruz
sufriendo por los pecados de los hombres culpables? Este
incomprensible amor de Dios fue inconmensurable, infinito.
Cristo demostró que su
amor era más fuerte que la muerte. Estaba cumpliendo la salvación del
hombre; y aunque sostenía el más espantoso conflicto con las
potestades de las tinieblas, en medio de todo ello su amor se intensificaba.
Soportó que se ocultase el rostro de su Padre, hasta sentirse inducido a exclamar con amargura en el alma: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Su brazo trajo salvación.
Pagó el
precio de la redención del hombre cuando, en la última lucha de su
alma, expresó las palabras bienaventuradas que parecieron repercutir por
toda la creación: "Consumado es"...
No podemos medir la longitud,
anchura, altura y profundidad de un amor tan asombroso. La
contemplación de las profundidades inconmensurables del amor del
Salvador debiera llenar la mente, conmover y enternecer el
alma, refinar y elevar los afectos, y transformar completamente todo
el carácter...
Cristo no cedió en el menor grado al enemigo que
lo torturaba, ni aun en su más acerba angustia. Rodeaban al Hijo de
Dios legiones de ángeles malos, mientras que a los santos ángeles se
les ordenaba que no rompiesen sus filas ni se empeñasen en
lucha contra el enemigo que los tentaba y vilipendiaba.
A los ángeles celestiales no se les permitió ayudar al Hijo
de Dios en su angustiado espíritu.
Fue en aquella
terrible hora de tinieblas, en que el rostro de su Padre se
ocultó mientras le rodeaban legiones de malos ángeles y los pecados
del mundo estaban sobre él, cuando sus labios profirieron estas
palabras: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?...
Debemos adquirir una visión más
amplia y profunda de la vida, los sufrimientos y la muerte del amado Hijo de
Dios. Cuando
se considera correctamente la expiación, se reconoce que la salvación de las
almas es de valor infinito. En comparación con la empresa de la vida
eterna, todo lo demás se hunde en la insignificancia. (Joyas de
los testimonios, t. 1, págs. 228-232). EJ38
AUDIO. https://youtu.be/TlLL6dXEM70
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