Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a asimismo
por nosotros, ofrenda y sacrificio a
Dios en olor fragante. (Efe. 5:2).
El Hijo de Dios circundó de amor
este mundo que Satanás reclamaba como suyo y gobernaba con tiranía cruel, y lo
ligó de nuevo al trono de Jehová mediante una proeza inmensa.
Los querubines, serafines, y las
huestes innumerables
de todos los mundos no caídos entonaron himnos de loor a Dios y al Cordero
cuando su victoria quedó asegurada. Se alegraron de que el camino a la
salvación se hubiera abierto al género humano pecaminoso y porque
la tierra iba a ser redimida de la maldición del pecado.
¡Cuánto más deben
regocijarse aquellos que son objeto de tan asombroso amor!
¿Cómo podemos quedar
en duda e incertidumbre y sentirnos huérfanos?
Por amor a quienes habían
transgredido la ley, Jesús tomó sobre sí la naturaleza humana; se
hizo semejante a nosotros, para que tuviéramos la paz y la seguridad
eternas...
El primer paso para
acercarse a Dios consiste en conocer y creer en el amor que siente por nosotros
(1 Juan 4:16). solamente por la atracción de su amor nos sentimos
impulsados a ir a él.
La comprensión del amor de Dios induce a renunciar al egoísmo. Al llamar a Dios
nuestro Padre, reconocemos a todos sus hijos como nuestros hermanos.
Todos formamos parte de la vasta trama de la humanidad; todos somos miembros de una sola familia. En nuestras peticiones hemos de incluir a nuestros prójimos tanto como a nosotros mismos.
Nadie ora como es debido
si solamente pide bendiciones para sí mismo.
El Dios infinito,
dijo Jesús, os da el privilegio de acercarnos a él y llamarlo Padre. Comprended
todo lo que implica esto. Ningún padre de este mundo ha llamado jamás a
un hijo errante con el fervor con el cual nuestro Creador suplica al
transgresor. Ningún amante interés humano siguió al impenitente con
tantas tiernas invitaciones.
Mora Dios en cada hogar; oye cada palabra que se pronuncia, escucha toda oración que se eleva, siente los pesares y los desengaños de cada alma, ve el trato que recibe cada padre, madre, amigo y vecino.
Cuida de nuestras
necesidades, y para satisfacerlas, su amor y misericordia
fluyen continuamente.
Si llamáis a Dios vuestro Padre -continuó-, os reconocéis hijos suyos, para ser guiados por su sabiduría y para darle obediencia en todas las cosas, sabiendo que su amor es inmutable.
Aceptaréis su plan para
vuestra vida. Como hijos de Dios, consideraréis como objeto de
vuestro mayor interés, su honor, su carácter, su familia y su obra.
Vuestro gozo consistirá en reconocer y honrar vuestra
relación con vuestro Padre y con todo miembro de su familia. Os
gozaréis en cualquier acción, por humilde que sea, que contribuya
a su gloria o al bienestar de vuestros semejantes. (El discurso
maestro de Jesucristo, págs. 89-91). EJ40
AUDIO. https://youtu.be/UyglRsYRXJ8
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