…Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. (Juan 20:17.
Desde antes que fueran echados los cimientos de la tierra, el
Padre y el Hijo se habían unido en un pacto para redimir al hombre en caso de
que fuese vencido por Satanás. Habían unido sus manos en un solemne compromiso
de que Cristo sería fiador de la especie humana. Cristo había cumplido este compromiso.
Cuando sobre la cruz exclamó: "…Consumado es", se dirigió al Padre. El pacto
había sido llevado plenamente a cabo. Ahora declara: Padre, consumado es.
He hecho tu voluntad, oh Dios mío. He completado la obra de
la redención. Si tu justicia está satisfecha, "…aquellos que me has
dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo…" (Juan
19:30; 17:24).
Se oye entonces la voz de Dios proclamando que la justicia está satisfecha. Satanás está vencido.
Los hijos de Cristo, que trabajan y luchan en
la tierra, son "…aceptos en el Amado" (Efe. 1:6).
Delante de los ángeles celestiales y de los representantes de los mundos que
no cayeron, son declarados justificados. Donde él esté, allí estará su iglesia.
"La misericordia y la verdad se encontraron:
la justicia y la paz se besaron" (Sal. 85:10).
Los brazos del Padre rodean a su Hijo, y se da la orden:
"…Adórenlo todos los ángeles de Dios" (Heb. 1:6).
Con gozo inefable, los principados y las potestades reconocen la supremacía del Príncipe de la vida. La hueste angélica se postra delante de él, mientras que el alegre clamor llena todos los atrios del cielo:
"¡Digno es el Cordero que ha sido inmolado, de recibir el poder, y la riqueza, y la
sabiduría, y la fortaleza, y la honra, y la gloria, y la bendición!" (Ver Apoc. 5:12).
Los cantos de triunfo se mezclan con la música de las arpas angelicales, hasta que el cielo
parece
rebosar de gozo y alabanza. El amor ha vencido. Lo que estaba perdido se ha hallado.
El
cielo repercute con voces que en armoniosos acentos proclaman: …Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la
alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. (Apoc.
5:13).
Desde aquella escena de gozo celestial, nos llega a la tierra el
eco de las palabras admirables de Cristo: "…Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a
vuestro Dios" (Juan 20:17).
La familia del cielo y la familia de la tierra son una. Nuestro Señor ascendió para nuestro bien y para nuestro bien vive. "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos" (Heb. 7:25). (El Deseado de todas las gentes, págs. 774-775).
EJ 98
AUDIO.
https://youtu.be/xGGrN1Hbp7I
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