Porque ¿Qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿Qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros? (Deut. 4:7-8).
Con respecto a sus
mandamientos, Dios instruyó a su pueblo a través de Moisés: "Guardadlos,
pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra
inteligencia ante los ojos de los pueblos…" (Deut. 4:6)...
La preciosa instrucción que el Señor le dio a su pueblo desde el
monte Sinaí fue llevada por ellos durante toda su peregrinación por el
desierto, y la repetían dondequiera establecían su campamento.
Dios había planeado dar mediante ellos una representación de sí
mismo y de su ley a las naciones que los rodeaban, mediante las palabras que
hablaran y en una variedad de otras formas.
En muchas ocasiones, al encontrarse con pueblos que
no conocían a Dios, exaltaron a su Dirigente como un Ser grande y santo a quien
todos debían honrar siempre y respetar y reverenciar...
Las naciones circunvecinas debían llegar a familiarizarse con los elevados principios de
las
leyes dadas por Dios, que los dirigentes del pueblo les estaban enseñando a
guardar.
Entonces, en lugar de
despreciar al pueblo instruido de este modo, llegarían a considerar la
obediencia de estas leyes como evidencia de que este pueblo en realidad era
bendecido extraordinariamente entre las naciones.
Otra notable exhibición para las naciones de alrededor, era el perfecto
orden que se
observaba en el campamento de los israelitas.
Podían ver la nube que se cernía por encima del lugar donde se debía erigir el tabernáculo; observaban a los sacerdotes y a otras personas encargadas empeñados en realizar sus tareas
especiales, cada uno dedicado a cumplir la parte que se le había
asignado en el trabajo de preparar
el campamento para la noche.
Nadie necesitaba hacer lo que se le había encargado a otro. Cualquiera que
hubiera tratado de hacer el
trabajo de otro habría sufrido la pena de muerte.
Cada uno se encargaba de su deber especial. Al erigir el tabernáculo, cada parte
calzaba con otra, y
la casa del Señor era levantada con hermosa precisión.
No se hablaba ninguna palabra, no se daba una
sola orden, excepto por el individuo encargado.
Nadie se confundía; todo se colocaba ordenadamente, de acuerdo
con el modelo que se le había mostrado a Moisés en el
monte.
Todo lo relacionado con el arreglo del campamento era una lección objetiva para los niños, que los educaba en la adquisición de hábitos de precisión y cuidado y orden. Se requería que los niños de
edad suficiente aprendieran a levantar las tiendas en que vivían, y a observar
perfecto orden en todo lo que hacían... Constantemente
estaban siendo educados con relación a las cosas celestiales.
Los
padres debían explicar continuamente a sus hijos por
qué los israelitas debían viajar por el desierto; por qué la
ley había sido dada en el Sinaí, y lo que se esperaba que hicieran y
que llegaran a ser al entrar en la tierra prometida. (Manuscrito
152, 1901). EJ 140
AUDIO. https://youtu.be/sCkN3LtE7jA
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