Por
tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria
del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por
el Espíritu del Señor. (2 Cor. 3:18).
Después de que Cristo murió en la cruz como una ofrenda por el
pecado, la ley ceremonial no podía tener fuerza. Sin embargo, estaba
relacionada con la ley moral y era gloriosa. El conjunto llevaba el sello de la
divinidad y expresaba la santidad, la justicia y la rectitud de Dios.
Y si la ministración de la dispensación que
iba a abolirse era gloriosa, ¿Cuánto más gloriosa debía ser la realidad,
cuando Cristo fuera revelado impartiendo su Espíritu que da vida y santifica a
todos los que creen?
La proclamación de la ley de los Diez Mandamientos fue
un maravilloso despliegue de la gloria y majestad de Dios...
"Y Moisés
respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su
temor esté delante de vosotros, para que no pequéis. Entonces el pueblo estuvo
a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios"
(Exo. 20:20-21).
El
pueblo tenía un concepto disminuido de las verdades concernientes al perdón de
los pecados, la justificación por la fe en Jesucristo, y el acceso a Dios
únicamente por un Mediador, debido a la condición perdida de ellos, a su
culpabilidad y pecados. En gran medida habían perdido el conocimiento de Dios y
de la única forma de llegar a él.
Casi habían perdido
todo el concepto de lo que constituye el pecado y de lo que es la justicia. El
perdón de los pecados por medio de Cristo, el Mesías prometido, a quien
simbolizaban sus ofrendas, era entendido tan sólo oscuramente...
La ley moral nunca fue un símbolo o una sombra. Existía antes de la creación del hombre y durará mientras
permanezca el trono de Dios. Dios no podía cambiar ni alterar un solo precepto
de su ley a fin de salvar al hombre, pues la ley es el fundamento de su
gobierno.
Es inmutable,
inalterable, infinita y eterna. A fin de que el hombre fuera salvado y se
mantuviera el honor de la ley, fue necesario que el Hijo de Dios se ofreciera a
sí mismo como sacrificio por los pecados.
El que no conoció pecado se hizo pecado por nosotros. Murió por nosotros en el Calvario.
Su muerte muestra el admirable amor de Dios por el hombre y la
inmutabilidad de su ley...
Cristo es el abogado del pecador. Los que aceptan
su Evangelio, lo contemplan a cara descubierta.
Ven la relación de su misión con la ley, y reconocen la sabiduría
y gloria de Dios como son reveladas por el Salvador.
La gloria de Cristo se
revela en la ley, que es un trasunto de su carácter, y su eficacia
transformadora se ejerce sobre el alma hasta que los hombres son transformados
a la semejanza divina.
Se hacen participantes de la naturaleza
divina y se asemejan más y más a su
Salvador, avanzando paso tras paso en conformidad con la voluntad de
Dios, hasta que alcanzan la perfección. La
ley y el Evangelio están en perfecta armonía.
(Mensajes selectos, t. 1, págs. 280-283). EJ 142
AUDIO. https://youtu.be/9sr3S1DvTMg
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