Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. (Luc. 10:33-34).
Cristo sabía que nadie podía obedecer la ley por su propia fuerza. Él quería inducir al
doctor a una investigación más clara y más
crítica, de manera que pudiera hallar la verdad.
Únicamente
aceptando la virtud y la gracia de Cristo podemos guardar la ley. La creencia
en la propiciación por el pecado habilita al hombre caído a amar a Dios con
todo el corazón, y a su prójimo como a sí mismo.
El doctor sabía que no
había guardado ni los primeros cuatro ni los últimos seis mandamientos. Fue
convencido por las escrutadoras palabras de Cristo, pero en vez de confesar su
pecado, trató de excusarlo.
En vez de reconocer la verdad, trató de mostrar cuán difícil era cumplir los mandamientos.
Así esperaba rechazar la convicción y defenderse ante
los ojos del pueblo.
Las palabras del Salvador habían demostrado que esa pregunta era innecesaria, puesto que él
pudo contestarse a sí mismo. Sin embargo, hizo otra
pregunta diciendo: "¿Quién es mi prójimo?"
Nuevamente Cristo rehusó entrar en controversia. Contestó la pregunta
relatando un caso
cuyo recuerdo estaba fresco en la memoria de sus oyentes.
"Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones,
los cuales le
despojaron e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto"...
Mientras yacía en esa condición, pasó por el sendero un
sacerdote: vio al hombre tirado, herido y magullado, revolcándose en su propia
sangre, pero lo dejó sin prestarle ninguna ayuda. "Se pasó de lado".
Entonces apareció un levita. Curioso de saber lo que había ocurrido, se detuvo y observó al
hombre que sufría. Estaba convencido de lo que debía hacer, pero no era un deber agradable.
Deseó no haber venido por ese camino, de manera que no hubiese visto al hombre herido.
Se persuadió a sí mismo de que el
caso no le concernía, y él también "se pasó de lado".
Pero un samaritano, viajando por el mismo camino, vio al que sufría, e hizo la obra
que los otros
habían rehusado. Con amabilidad y bondad ministró al hombre herido.
"Viéndole, fue movido a misericordia; y llegándose, vendó sus heridas, echándoles
aceite y
vino; y poniéndole sobre su cabalgadura, llevóle al mesón y cuidó de él.
Y otro día al partir, sacó dos denarios, y diólos al huésped, y le dijo:
Cuídamelo, y todo lo que demás gastares, yo cuando vuelva te lo pagaré".
Tanto el sacerdote como el levita profesaban piedad, pero el
samaritano mostró que él
estaba verdaderamente convertido.
No era más agradable para él hacer la obra que para el sacerdote y el levita,
pero por el espíritu y por las obras demostró que estaba en armonía con Dios.
(Palabras
de vida del gran Maestro, págs. 311-313). EJ 150
AUDIO.
https://youtu.be/FdMylkD5vRQ
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