Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo
en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse. Fil. 2:5-6.
En el cielo, antes de su rebelión, Lucifer era
un ángel honrado y excelso, cuyo honor seguía al del amado Hijo de Dios. Su
semblante, así como el de los demás ángeles, era apacible y denotaba
felicidad. Su frente alta y espaciosa indicaba su poderosa inteligencia.
Su forma era perfecta; su
porte noble y majestuoso. Una luz especial resplandecía sobre su rostro y
brillaba a su alrededor con más fulgor y hermosura que en los demás ángeles. Sin
embargo, Cristo, el amado Hijo de Dios, tenía la preeminencia sobre todas
las huestes angélicas. Era uno con el Padre antes que los ángeles fueran
creados. Lucifer tuvo envidia de él y gradualmente asumió la autoridad que le
correspondía sólo a Cristo.
El gran Creador convocó a las huestes celestiales para conferir honra especial a su Hijo en presencia de todos los ángeles. Este estaba sentado en el trono con el Padre, con la multitud celestial de santos ángeles reunida a su alrededor. Entonces el Padre hizo saber que había ordenado que Cristo, su Hijo, fuera igual a él; de modo que doquiera estuviese su Hijo, estaría él mismo también.
La palabra del Hijo debería
obedecerse tan prontamente como la del Padre. Este había sido investido
de la autoridad de comandar las huestes angélicas. Debía obrar
especialmente en unión con él en el proyecto de creación de la tierra y de todo
ser viviente que habría de existir en ella. Ejecutaría su voluntad. No
haría nada por sí mismo. La voluntad del Padre se cumpliría en él.
Lucifer estaba envidioso y
tenía celos de Jesucristo. No obstante, cuando todos los ángeles se
inclinaron ante él para reconocer su supremacía, gran autoridad y derecho de
gobernar, se inclinó con ellos, pero su corazón estaba lleno de envidia y odio...
Los ángeles leales trataron de reconciliar con la voluntad de su Creador a ese poderoso ángel rebelde. Justificaron el acto de Dios al honrar a Cristo, y con poderosos argumentos trataron de convencer a Lucifer de que no tenía entonces menos honra que la que había tenido antes que el Padre proclamara el honor que había conferido a su Hijo.
Le mostraron claramente que Cristo era el Hijo de Dios, que existía con él antes que los ángeles fueran creados, y que siempre había estado a la diestra del Padre, sin que su tierna y amorosa autoridad hubiese sido puesta en tela de juicio hasta ese momento; y que no había dado orden alguna que no fuera ejecutada con gozo por la hueste angélica.
Argumentaron que el hecho de que Cristo recibiera honores especiales de parte del Padre en presencia de los ángeles no disminuía la honra que Lucifer había recibido hasta entonces.
Los ángeles lloraron. Ansiosamente
intentaron convencerlo de que renunciara a su propósito malvado para someterse
a su Creador, pues todo había sido hasta entonces paz y armonía... Lucifer
no quiso escucharlos. La historia de la redención, págs. 13-16. EJ13
AUDIO. https://youtu.be/21uffq6gkxQ
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