Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres,
Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos.
1 Tim. 2:5-6.
El Hijo de Dios era el segundo en autoridad después del gran Legislador. Él sabía que únicamente su vida podría ser suficiente para rescatar al hombre caído.
Su valor estaba tan por encima del hombre como su carácter noble
e inmaculado y su posición de Comandante de las huestes celestiales se
encontraban por encima de las obras humanas. Era la imagen expresa de su
Padre, no sólo en los rasgos externos, sino también en la
perfección de su carácter.
La sangre de los animales no podía satisfacer las demandas de Dios como sacrificio
expiatorio por la transgresión de su ley. La vida de un animal era
de valor inferior a la del pecador delincuente, por lo tanto no podía
constituir un rescate por el pecado. Dios podía aceptarla sólo como una
representación de la ofrenda de su Hijo.
El hombre no podía pagar la
culpa del hombre. Su condición pecaminosa y caída lo había
constituido en una ofrenda imperfecta, un sacrificio expiatorio
de menos valor que Adán antes de su caída.
Dios hizo al hombre perfecto y recto, y después de la transgresión ningún
sacrificio podía ser aceptable para Dios en favor del ser humano, a menos
que el valor de la ofrenda fuera superior al del hombre como era éste cuando se
encontraba en su estado de perfección e inocencia.
El divino Hijo de Dios
era el único sacrificio de valor suficiente como para satisfacer ampliamente
las demandas de la perfecta ley de Dios...
Sobre Cristo no se impuso ningún requisito. Él tenía poder para deponer su vida y para volverla a tomar.
No se ejerció sobre él ningún grado de coerción para que aceptara
la tarea de redimir a los seres humanos. Su sacrificio fue enteramente
voluntario. Su vida era suficientemente valiosa como para rescatar a
los seres humanos de su condición caída.
El Hijo de Dios poseía la misma
forma de Dios, y nunca consideró el hecho de ser igual a Dios
entre los humanos que recorrieron el mundo, él fue el único que pudo decir a
todos: ¿Quién de ustedes me convence de pecado?
Se había unido con Dios en la creación de los seres humanos, y en virtud de la
perfección divina de su carácter poseía poder para expiar el pecado del
hombre, y para elevarlo y llevarlo de vuelta a su primer estado.
Las ofrendas de los sacrificios y
el sacerdocio del sistema judaico, estaban constituidos para
representar la muerte y la obra mediadora de Cristo.
Todas estas ceremonias
estaban desprovistas de significado. No tenían virtud alguna excepto en
lo que se referían a Cristo, en quien no sólo se cimentaba todo el
sistema, sino que también era la persona que lo había traído a la
existencia.
El
Señor había dado a conocer a Adán, Abel, Set, Enoc, Noé, Abrahán y
las demás personas ilustres de la antigüedad, especialmente a
Moisés, que el sistema ceremonial de los sacrificios Y del sacerdocio, por
sí mismos, no eran suficientes para obtener la salvación de una sola
alma...
El
sacrificio infinito que Cristo realizó
voluntariamente en favor del ser humano sigue siendo un misterio que
los ángeles no pueden comprender completamente. Review and Herald, 17 de
diciembre, 1872. EJ19
AUDIO. https://youtu.be/C9f1pvcT9B0
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