y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz. (Fil. 2:8).
Hasta dónde debía llegar la humillación
del Hijo de Dios, como para tener que vivir en el despreciado y
perverso pueblo de Nazaret. El lugar más sagrado de la tierra se
habría sentido grandemente honrado por la presencia del Redentor del
mundo durante un solo año.
Los palacios de los reyes habrían
sido grandemente exaltados al recibir a Cristo como huésped. Pero
el Redentor del mundo pasó por alto las cortes reales y estableció su
hogar en una humilde aldea de la montaña, durante treinta años, confiriéndole
así distinción a la despreciada Nazaret.
El Redentor del mundo subió
y bajó los cerros y montañas andando desde la gran llanura hasta
el valle entre las montañas. Gozaba con el hermoso escenario de la
naturaleza. Se deleitaba con los campos relucientes de flores hermosas y
unía su voz con ellas en alegres cantos de alabanza. Los bosques
y las montañas eran sus lugares de recogimiento y oración, y
frecuentemente pasaba noches enteras en comunión con su Padre...
A pesar de la misión
sagrada de Cristo y de su relación exaltada con Dios -acerca de la cual
tenía perfecta conciencia-, no dejaba de cumplir los deberes prácticos
de la vida.
Era el Creador del
mundo, y sin embargo aceptó las obligaciones que tenía frente a
sus padres terrenales, y ante el llamado del deber, de acuerdo
con los deseos de sus padres, después de la Pascua regresó con
ellos de Jerusalén y permaneció sometido a su dirección.
Se sometió a las restricciones de la
autoridad paterna y aceptó los deberes de hijo, hermano, amigo y ciudadano.
Con respeto y cortesía cumplió sus obligaciones con sus padres
terrenales.
Él era la Majestad del
cielo. Había sido el gran Comandante de los cielos. Los ángeles se
complacían en cumplir su voluntad. Ahora era un siervo dispuesto, un
hijo obediente y alegre.
Ninguna influencia podía distraer a Jesús del
servicio fiel que se esperaba de un hijo. Nunca trató de hacer nada
espectacular que lo distinguiera de los demás jóvenes o que
evidenciara su procedencia celestial.
Durante todos los años que
Cristo pasó entre ellos, ni siquiera sus amigos y parientes pudieron
distinguir señal alguna de su divinidad. Cristo era tranquilo,
abnegado, cortés, alegre, bondadoso y siempre obediente. Evitaba
la ostentación, pero acerca de los principios era firme como una roca...
En la poca atención que se le concede a su vida
infantil y juvenil, hay un ejemplo tanto para los padres como para los
niños, en el sentido de que mientras más tranquilo es el período de
la niñez y la juventud y mientras más natural y libre de
excitación artificial sea, tanto más seguro será para los niños, Y
tanto más favorable para la formación de un carácter de
pureza, de sencillez natural y de verdadera excelencia moral. (Youth's
Instructor, febrero, 1873). EJ27
AUDIO. https://youtu.be/NNQ0rIoIkLE
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