Cristo
había llevado una vida tan recluida en Nazaret, que el
mundo no lo conoció como el Hijo de Dios: su Redentor. Nadie
lo consideraba otra cosa que el hijo de José y María. Su vida de
niño y de joven fue notable.
El silencio relativo a su carácter
exaltado y a su misión contiene una lección provechosa para todos
los jóvenes. La obediencia fiel que rindió a sus padres hasta los treinta años de
edad constituye un ejemplo que los jóvenes deben imitar más que
el de Jesús en Getsemaní o sobre el Calvario.
A
nosotros nunca se nos pedirá que soportemos la agonía que el Hijo
de Dios tuvo que sufrir por un mundo culpable; pero su vida
de sumisión y de fiel obediencia a sus padres es el patrón que
deben seguir todos los niños y jóvenes.
Aunque nunca tengan
que experimentar, como le sucedió al Redentor, la agonía del
Getsemaní o del Calvario, se les requiere que imiten la
vida de Cristo en humildad, abnegación, espíritu de sacrificio, y
en una obediencia filial respetuosa a sus padres...
El Señor le había
revelado a Juan que Jesús se contaría entre los candidatos
que acudirían a él para recibir el bautismo de sus manos, y
que le mostraría una señal especial mediante la cual
reconocería al Cordero de Dios. Y que llamaría la atención del
pueblo hacia él identificándolo como el Mesías tanto tiempo
esperado.
Juan
había oído hablar acerca del carácter santo y la
pureza inmaculada de la vida de Cristo, y conocía su
afirmación de ser el Hijo de Dios. Estaba informado acerca de
las preguntas y respuestas sabias que había hecho en el
templo, dejando atónitos a los Grandes doctores.
Había escuchado el informe de
cómo el joven galileo había silenciado a los doctores mediante la
profundidad de su razonamiento. Pensó que éste debía ser el
Hijo de Dios, el Mesías prometido...
Tan pronto como la penetrante mirada de Juan descansó sobre
Jesús, su espíritu fue sacudido por la emoción más profunda.
Inmediatamente comprendió que este hombre era diferente
de cuantos otros habían recibido el bautismo de sus
manos.
Inmediatamente lo embargó la convicción de que éste era el Cristo acerca del cual habían escrito Moisés y los profetas. Su corazón se inclinó hacia Cristo con un amor y una reverencia más intensos de lo que jamás había sentido antes.
La misma atmósfera
de su presencia era santa e inspiraba reverencia... Su corazón nunca
se había conmovido con emociones tales como las que experimentaba
ahora en la presencia de Cristo...
Cristo acudió a recibir el bautismo, sin la confesión de ningún pecado acerca del
cual
tuviera que arrepentirse, porque estaba libre de toda mancha de
pecado...
En virtud de la perfección de su carácter fue aceptado por el
Padre como mediador en favor del
ser humano pecaminoso.
El Capitán de nuestra salvación fue
perfeccionado mediante el sufrimiento, y de este modo fue hecho
idóneo para ayudar al hombre caído exactamente en lo que necesitaba
ayuda. Youth's Instructor, enero, 1874. EJ28
AUDIO.
https://youtu.be/x3aENn8LjFw
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