Ofreced
sacrificios de justicia, y confiad en Jehová. (Sal. 4:5).
Pablo
se daba cuenta de su debilidad y bien podía desconfiar de sus propias fuerzas. Refiriéndose
a la ley, exclamó: "El mismo mandamiento que era para vida, a mí me
resultó para muerte" (Rom. 7:10).
Había confiado en las obras de la ley (Ritual, Moral Sin Cristo).
Refiriéndose a su propia justicia exterior, dice que "en cuanto a
la justicia que es en la ley, irreprensible" (Fil. 3:6). Por eso es
que había colocado su confianza en su propia justicia. Pero cuando se
miró en el espejo de la ley que fue colocado delante de él, y se vio
a sí mismo como Dios lo veía, lleno de faltas, manchado con el
pecado, exclamó: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este
cuerpo de muerte?" (Rom. 7:24).
Pablo contempló al Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo. Escuchó la voz de Cristo diciendo: "Yo soy el camino, y la verdad,
y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6).
Entonces
decidió valerse de los beneficios de la gracia salvadora, para morir
a las transgresiones y el pecado, para ver que su culpa fuera
lavada en la sangre de Cristo, para ser vestido con la justicia de
Cristo, para ser una rama de la Vid viviente. Caminó con
Cristo, y Jesús llegó a ser para él no sólo una parte de
la salvación, mientras que sus propias buenas obras constituían
la otra, sino el todo en todo, lo primero y lo último y lo mejor en
todas las cosas, El poseía la fe que extrae vida de Cristo, que lo
capacitó para conformar su vida con la del ejemplo divino. Esta
fe no reclama nada para su poseedor apoyándose en su
justicia, sino que lo reclama todo en virtud de la justicia de Cristo.
En el Evangelio se retrata el carácter de Cristo. Al descender de su trono, peldaño tras peldaño, su divinidad fue velada por la humanidad. Pero en sus milagros, sus doctrinas, sus sufrimientos, su traición, en la burla que soportó, en su juicio, su muerte por crucifixión, su tumba entre los ricos,
su resurrección, sus cuarenta días sobre la
tierra, su ascensión, su triunfo, su sacerdocio, están
contenidos los inagotables tesoros de la sabiduría, registrados para
nosotros por la inspiración en la Palabra de Dios.
Las aguas de vida todavía fluyen en corrientes abundantes de salvación. Los misterios de la redención, la mezcla de lo divino con lo humano en Cristo, su encarnación, sacrificio y mediación,
serán suficientes para proveer para siempre a las mentes, los corazones,
las lenguas y las
plumas con temas para el pensamiento y la expresión.
El tiempo no será suficiente para agotar las maravillas de la salvación, porque Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante las edades eternas. Para siempre continuarán produciéndose
nuevas evidencias de la perfección y la gloria de
Dios en la faz de Jesucristo. Y ahora corresponde manifestar una
confianza perfecta en su mérito y su gracia; hay que desconfiar
de uno mismo y tener una fe viviente en él. Signs of the
Times, 24 de noviembre, 1890. EJ35
AUDIO.
https://youtu.be/s4iNV-WoY18
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