Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. (Sal. 102:25).
Al principio, Dios se revelaba en todas las obras de la creación. Fue Cristo quien extendió los cielos y echó los cimientos de la tierra. Fue su mano la que colgó los mundos en el espacio, y modeló las flores del campo.
El “asienta las montañas con su fortaleza", "suyo es el mar, pues que él lo hizo" (Sal. 65:6; 95:5).
Fue él quien llenó la tierra de hermosura y el aire con cantos. Y sobre todas
las cosas de la tierra, el aire y el cielo, escribió el mensaje del amor del Padre.
Aunque el pecado ha
estropeado la obra perfecta de Dios, esa escritura permanece. Aun ahora todas
las cosas creadas declaran la gloria de su excelencia. Fuera del egoísta
corazón humano, no hay nada que viva para sí. No hay ningún
pájaro que surca el aire, ningún animal que se mueve en el suelo, que no sirva
a alguna otra vida. No hay siquiera una hoja del bosque, ni una
humilde brizna de hierba que no tenga su utilidad.
Cada árbol, arbusto y hoja emite ese elemento de vida, sin el cual no podrían sostenerse ni el hombre ni los animales; y el hombre y el animal, a su vez, sirven a la vida del árbol y del arbusto y de la hoja.
Las flores exhalan fragancia y
ostentan su belleza para beneficio del mundo. El sol derrama su luz para
alegrar mil mundos. El océano, origen de todos nuestros manantiales y
fuentes, recibe las corrientes de todas las tierras, pero recibe para dar. Las
neblinas que ascienden de su seno, riegan la tierra, para que produzca y
florezca.
Los ángeles de gloria hallan su gozo en dar, dar amor y cuidado incansables a las almas que están caídas y destituidas de santidad.
Los seres celestiales
desean ganar el corazón de los hombres; traen a este obscuro mundo luz de los
atrios celestiales; por un ministerio amable y paciente, obran sobre el
espíritu humano, para poner a los perdidos en una comunión con Cristo aun más
íntima que la que ellos mismos pueden conocer.
Pero apartándonos de todas
las representaciones menores, contemplamos a Dios en Jesús. Mirando a Jesús,
vemos que la gloria de nuestro Dios consiste en dar. "Nada hago de mí
mismo", dijo Cristo; "me envió el Padre viviente, y yo vivo por
el Padre". "No busco mi gloria, sino la gloria del que me envió"
(Juan 8:28; 6:57; 8:50; 7:18).
En estas palabras se presenta el gran principio que es la ley de la vida para el
universo. Cristo recibió todas las cosas de Dios, pero las recibió para darlas.
Así también en los atrios celestiales, en su ministerio en favor de todos los seres creados, por medio del Hijo amado fluye a todos la vida del Padre; por medio del Hijo vuelve, en alabanza y gozoso servicio, como una marea de amor, a la gran fuente de todo.
Y así, por medio de Cristo, se completa el circuito de beneficencia, que representa
el carácter del gran Dador, la ley de la
vida. (El Deseado de todas las gentes, págs. 11- 13). EJ41
AUDIO. https://youtu.be/6GB5bf34lBE
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