En el principio creó Dios los cielos y la tierra. (Gén. 1:1).
EL PADRE Y EL HIJO emprendieron la grandiosa y admirable obra que habían proyectado:
la creación del mundo. La
tierra que salió de las manos del Creador era sumamente hermosa.
Había montañas, colinas y
llanuras, y entre ellos, ríos, lagos y lagunas. La tierra no era una
vasta llanura; la monotonía del paisaje estaba interrumpida por colinas y
montañas, no altas y abruptas como las de ahora, sino de formas hermosas
y regulares. No se veían las rocas escarpadas y desnudas, porque
yacían bajo la superficie, como si fueran los huesos de la tierra.
Las aguas se distribuían con regularidad. Las colinas, montañas y bellísimas llanuras estaban adornadas con plantas y flores, y altos y majestuosos árboles de toda clase, muchísimo más grandes y hermosos que los de ahora.
El aire era puro y saludable, y la tierra parecía un noble palacio. Los ángeles
se regocijaban al
contemplar las admirables y hermosas obras de Dios.
Después de crear la tierra y los animales que la habitaban, el
Padre y el Hijo llevaron adelante su propósito, ya concebido antes de la caída
de Satanás, de crear al hombre a su propia imagen.
Habían
actuado juntos en ocasión de la creación de la tierra y de todos los seres
vivientes que había en ella. Entonces Dios dijo a su Hijo: "Hagamos
al hombre a nuestra imagen".
Cuando Adán salió de las manos de su Creador era de noble talla y hermosamente simétrico. Era bien proporcionado y su estatura era un poco más del doble de la de los hombres que hoy habitan la tierra. Sus facciones eran perfectas y hermosas. Su tez no era blanca ni pálida, sino sonrosado, y resplandecía con el exquisito matiz de la salud. Eva no era tan alta como Adán.
Su cabeza se alzaba algo más arriba de los hombros de él.
También era de noble aspecto, perfecta en simetría
y muy hermosa.
La inocente pareja no usaba vestiduras
artificiales. Estaban revestidos de un
velo de luz y esplendor como el de los ángeles. Este halo de luz los envolvió
mientras vivieron en obediencia a Dios.
Aunque todo cuanto el Señor
había creado era perfecto y hermoso, y parecía que nada faltaba en la tierra
creada por él para felicidad de Adán y Eva, les manifestó su gran amor al
plantar un huerto especialmente para ellos. Parte del tiempo debían emplearlo
en la placentera labor de cultivar ese huerto, y otra parte en recibir la
visita de los ángeles, escuchar sus instrucciones y dedicarse a feliz meditación.
(La historia de la redención, págs. 20-21).
El
hombre salió de las manos de Dios perfecto en cada facultad de la mente
y del cuerpo; dotado de una cabalidad perfecta; por lo tanto, con
perfecta salud. (My Life Today, pág. 126). EJ42
AUDIO.
https://youtu.be/7O9n2YPNiC0
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