No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. (Rom. 12:2).
Cristo murió en la cruz para librar al mundo de perecer en el pecado, y en esta obra les solicita su colaboración. Ustedes deben ser sus manos ayudadoras. Con esfuerzos fervorosos e infatigables han de trabajar por la salvación de los perdidos.
Recuerden que fueron sus pecados los que hicieron necesaria la
cruz. Cuando aceptaron a Cristo como su Salvador ustedes prometieron
unirse a él en llevar la cruz. Han echado su suerte con él para vida o
muerte, y son parte integrante del gran plan de redención.
El poder transformador de la gracia de Cristo moldea a quien se entrega al servicio de Dios. Cuando se halla imbuido del Espíritu del Redentor, está dispuesto a negarse a sí mismo, listo para tomar su cruz y presto a realizar cualquier sacrificio por el Maestro. Ya no puede ser indiferente a las almas que perecen alrededor suyo.
Se eleva por encima del autoservicio. Cristo lo ha
transformado en una nueva criatura y el egoísmo no halla lugar en su vida.
Comprende que cada aspecto de su existencia pertenece a Cristo, quien lo ha
redimido de la esclavitud del pecado; que cada momento de su vida futura ha
sido comprado con la preciosa sangre del unigénito Hijo de Dios.
¿Comprende usted tan cabalmente el sacrificio hecho en el Calvario, como
para estar dispuesto a subordinar todo otro interés a la obra de salvar almas?
La misma intensidad que caracterizaba el deseo de salvar a los pecadores en la vida del Salvador, se revelará también en la de sus verdaderos seguidores. Al cristiano no le interesa vivir para sí.
Se deleita en consagrar todo lo que tiene y todo lo que es al servicio del Maestro.
Lo motiva un deseo inexpresable de ganar almas para Cristo...
¿Cómo puedo glorificar mejor a Aquel a quien pertenezco por creación y redención?
Esta es la pregunta que deberíamos hacernos.
La persona verdaderamente convertida tratará de
rescatar con ansiosa solicitud a los que se hallan todavía bajo el poder de
Satanás; rehusará hacer nada que pudiera estorbarle en su tarea.
Si tiene hijos, se dará cuenta de que su obra debe comenzar en
su propia familia. Para él, sus hijos son preciosos en gran manera. Al recordar
que son los miembros más jóvenes de la familia del Señor, luchará denodadamente
por colocarlos donde se hallen al lado del Señor.
Se
ha dedicado a servir, honrar y obedecer a Cristo; por lo tanto realizará
esfuerzos pacientes e incansables con el fin de educar a sus hijos para que
nunca sean hostiles hacia el Salvador.
Dios ha colocado sobre los padres y madres la tarea de salvar a sus hijos del poder del enemigo.
Esa es su obra, y no debieran descuidarla por ninguna razón. Los
padres que mantienen una conexión viviente con Cristo no descansarán
hasta no ver a sus hijos a salvo en el redil. Considerarán que ésta es
la responsabilidad de su vida. (Testimonies, t. 7, págs. 9-11). EJ 53
AUDIO.
https://youtu.be/EM4G2AwY9k8
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