Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? (Mar. 4:39-40).
Había sido un día lleno de acontecimientos en la vida de Jesús.
Al lado del mar de Galilea, había pronunciado sus primeras parábolas,
explicando de nuevo, mediante ilustraciones familiares, la naturaleza de su
reino...
Durante todo el día
había estado enseñando y sanando; y al llegar la noche, las muchedumbres se
agolpaban todavía en derredor de él... Ahora el fin del día le hallaba tan
sumamente cansado que resolvió retirarse a algún lugar solitario al otro lado
de lago...
El Salvador estaba por fin
aliviado de la presión de la multitud y, vencido por el cansancio y el hambre,
se acostó en la popa del barco y no tardó en quedarse dormido.
El
anochecer había sido sereno y plácido, y la calma reinaba sobre el lago. Pero
de repente las tinieblas cubrieron el cielo, bajó un viento furioso por los
desfiladeros de las montañas que se abrían a lo largo de la orilla oriental, y
una violenta tempestad estalló sobre el lago...
Las olas, agitadas por los furiosos vientos, se arrojaban
bravías contra el barco de los discípulos y amenazaban hundirlo. Aquellos valientes pescadores habían pasado su vida sobre el
lago, y habían guiado su embarcación a puerto seguro a través de muchas
tempestades; pero ahora su fuerza y habilidad no valían nada. Se hallaban
impotentes en las garras de la tempestad, y desesperaron al ver cómo su barco
se anegaba.
Absortos
en sus esfuerzos para salvarse, se habían olvidado de que Jesús estaba a bordo.
Ahora, reconociendo que eran vanas sus labores y viendo tan sólo la muerte
delante de sí, se acordaron de Aquel a cuya orden habían emprendido la travesía
del mar.
En Jesús se hallaba su única esperanza. En su desamparo y
desesperación clamaron: "¡Maestro,
Maestro!" Pero las densas tinieblas le ocultaban de su vista. Sus voces
eran ahogadas por el rugido de la tempestad...
De repente, el fulgor de un rayo rasgó las tinieblas y vieron a
Jesús acostado y dormido sin que le perturbase el tumulto. Con asombro y
desesperación, exclamaron: "¿Maestro,
no tienes cuidado que perecemos?"...
Al iluminarle el resplandor del rayo, vieron la paz del cielo
reflejada en su rostro; leyeron en su mirada un amor abnegado y tierno, y sus
corazones se volvieron a él para exclamar: ¡Señor, sálvanos, que perecemos”!
Nunca
dio un alma expresión a este clamor sin que fuese oído. Mientras
los discípulos asían sus remos para hacer un postrer esfuerzo, Jesús se
levantó. De pie en medio de los discípulos, mientras la tempestad rugía,
las olas se rompían sobre ellos y el relámpago iluminaba su rostro, levantó
la mano, tan a menudo empleada en hechos de misericordia, y dijo al mar
airado: "Calla, enmudece"...
Así
como Jesús reposaba por la fe en el cuidado del Padre, así
también hemos de confiar nosotros en el cuidado de nuestro Salvador.
(El Deseado de todas las gentes, págs. 300- 303). EJ 52
AUDIO.
https://youtu.be/1hFd3LdrMdA
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