…He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. (Isa. 7:14).
No podemos entender cómo Cristo se hizo un pequeño e indefenso bebé. Él pudo haber
venido a la tierra con tal hermosura que se diferenciara totalmente de los hijos de los hombres.
Su rostro pudo haber sido radiante de luz, y su cuerpo alto
y hermoso. Pudo haber venido en una forma tal que encantara a los
que lo miraran; pero ésta no fue la forma en la cual Dios planeó
que apareciera entre los hijos de los hombres.
Debía ser semejante
a los que pertenecían a la familia humana y a la raza judía. Sus facciones
tenían que ser semejantes a las de los seres humanos, y no debía tener
tal belleza en su persona que la gente lo señalara como diferente
de los demás. Debía venir como miembro de la familia humana y
presentarse como un hombre ante el cielo y la tierra.
Había
venido a tomar el lugar del hombre, a comprometerse en
favor del hombre, a pagar la deuda que los pecadores debían. Tenía
que vivir una vida pura sobre la tierra, y mostrar que Satanás, había
dicho una falsedad, cuando afirmó; que la familia humana, le
pertenecía a él para siempre, y que Dios no podía arrancarle a
los hombres de sus manos.
Los hombres contemplaron primero a Cristo como un bebé, como un
niño... Cuanto más pensamos acerca de Cristo convirtiéndose en un bebé sobre la tierra, tanto más
admirable parece este tema. ¿Cómo podía ser que el niño indefenso del
pesebre de Belén siguiera siendo el divino Hijo de Dios?
Aunque no podamos entenderlo, podemos creer que Aquel que hizo
los mundos, por causa de nosotros, se convirtió en un niño indefenso.
Aunque era más encumbrado que ninguno de los ángeles, aunque era tan grande como el Padre en su trono de los cielos, llegó a ser uno con nosotros. En él, Dios y el hombre se hicieron uno; y es en este acto donde encontramos la esperanza de nuestra raza caída.
Mirando a Cristo
en la carne, miramos a Dios en la humanidad, y vemos en él, el
brillo de la gloria divina, la imagen expresa de Dios el Padre. (Mensajes
selectos, t. 3, págs. 143-144).
Al contemplar la encarnación de Cristo en la humanidad, quedamos atónitos
frente a un misterio insondable que la mente humana no puede comprender.
Mientras más reflexionamos acerca de él, más extraordinario nos
parece. ¡Cuán vasto es el contraste entre la divinidad
de Cristo y el impotente bebecito del pesebre de Belén! ¿Cómo se puede
medir la diferencia que hay entre el Dios todopoderoso y un niño impotente?
Sin embargo el Creador
de los mundos, Aquel en quien moraba la plenitud de la Deidad corporalmente, se
manifestó en el desvalido bebé del pesebre. ¡Incomparablemente más elevado
que todos los ángeles, igual al Padre en dignidad y gloria, y sin embargo
vestido con la ropa de la humanidad!
La divinidad y la humanidad
se hallaban combinadas misteriosamente, y el hombre y Dios
fueron uno solo. En esta unión es donde encontramos la esperanza
de la raza caída. (Signs of the Times, 30 de Julio, 1896). EJ 70
AUDIO.
https://youtu.be/xl2_qsygTQQ
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