Cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. (Luc. 2:42).
A la edad de doce años
el Espíritu Santo moraba en Jesús y el Señor ya sentía parte del
peso de la misión por la cual había venido a nuestro mundo. Su
alma fue movida a la acción.
Como alguien que deseaba aprender,
hacía preguntas de carácter nada ordinario, mediante las cuales arrojaba
luz entre quienes lo escuchaban, Y los conducía a una comprensión
de las profecías y de la verdadera misión y tarea del Mesías, que
ya comenzaba a experimentar.
El pueblo judío acariciaba ideas equivocadas.
Para cuando el Mesías apareciera, esperaban la realización de
cosas grandes y extraordinarias esperanzados en su propia exaltación
personal sobre las demás naciones de la tierra. Buscaban la
gloria que acompañará a la segunda venida de Cristo, a la vez que
pasaban por alto la humillación que debía acompañar su primer
advenimiento.
Pero en sus preguntas acerca de las profecías de Isaías que apuntaban hacia su primera venida, Jesús arrojaba luz sobre las mentes de las personas que se mostraban dispuestas a recibir la verdad.
El mismo les había dado profecías antes de
su encarnación en la humanidad, y a medida que el Espíritu Santo traía
estas cosas a su mente, y lo impresionaba acerca de la gran obra que
debía realizar, impartía luz y conocimiento a los que lo rodeaban.
Aunque crecía en conocimiento y
la gracia de Dios estaba con él, no se enorgulleció ni sintió que
estaba por encima de la realización del deber más humilde. Llevó
su parte de la carga, junto con su padre, su madre y sus
hermanos...
A pesar de que su sabiduría había asombrado a los doctores, se sometió humildemente a la tutela de sus guardianes humanos. Soportó
lo que le correspondía de las cargas familiares y trabajó con sus propias
manos como lo habría hecho cualquier trabajador. De Jesús se dijo que a
medida que avanzaba en años "…crecía en sabiduría, en estatura, y en
gracia para con Dios y los hombres". (Lucas 2:52).
El conocimiento que adquiría diariamente
acerca de su misión maravillosa no lo descalificaba para la
realización de los deberes más humildes. Realizaba alegremente el
trabajo que le corresponde a los jóvenes que viven en hogares humildes
presionados por la pobreza. Comprendía las tentaciones
de los niños, porque tuvo que soportar sus tristezas y pruebas. Su
propósito de hacer el bien fue firme y constante. Aunque
fue inducido hacia el mal, rehusó apartarse una sola vez de
la verdad y la rectitud más estrictas.
Mantuvo una obediencia filial perfecta; pero su vida inmaculada suscitó la envidia y los
celos de sus hermanos. Su niñez y juventud fueron cualquier cosa menos fáciles y alegres.
Sus hermanos no creían en él y se irritaban porque no actuaba como ellos
en todas las cosas ni se transformaba en uno de ellos en la práctica del mal.
En su vida hogareña fue alegre, pero nunca ruidoso. Siempre mantuvo la actitud de quien
estaba dispuesto a aprender. Se deleitaba en el estudio de la naturaleza, y Dios fue su maestro.
(Signs
of the limes, 30 de julio, 1896). EJ72
AUDIO.
https://youtu.be/MKs_BuQGqso
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