Cuando Jesús vino para ser bautizado, Juan reconoció en él una pureza de carácter que nunca
había percibido en nadie. La misma atmósfera de su presencia era santa e
inspiraba reverencia.
Entre, las multitudes
que le habían rodeado en el Jordán, Juan había oído sombríos relatos de
crímenes, y conocido almas agobiadas por miríadas de pecados; nunca
había estado en contacto con un ser humano que irradiase una influencia
tan divina.
Todo esto concordaba con lo que le había sido revelado acerca
del Mesías. Sin embargo, vacilaba en hacer lo que le pedía Jesús. ¿Cómo
podía él, pecador, bautizar al que era sin pecado? ¿Y por qué había de
someterse el que no necesitaba arrepentimiento a un rito que era una confesión
de culpabilidad que debía ser lavada?...
Jesús no recibió el bautismo como confesión de culpabilidad propia. Se identificó con
los pecadores, dando los pasos que debemos dar, y haciendo la obra
que debemos hacer. Su vida de sufrimiento y paciente tolerancia después
de su bautismo, fue también un ejemplo para nosotros.
Después de salir del agua, Jesús
se arrodillo en oración a orillas del río. Se estaba abriendo
ante él una era nueva e importante. (El Deseado de todas las
gentes, págs. 84-85).
Los ángeles nunca habían
escuchado una oración semejante. Sentían el ferviente deseo de llevarle
un mensaje de seguridad y amor al Redentor que estaba en oración.
Pero no; el mismo Padre atendería a su Hijo. La luz de la
gloria de Dios resplandeció directamente desde el trono.
Los cielos se abrieron, y
los rayos de luz y gloria procedentes de él tomaron la forma
de una paloma y la apariencia del oro bruñido. Además, la
forma de la paloma era un emblema de la humildad y la mansedumbre de
Cristo.
La gente permaneció muda de temor y asombro. Sus ojos estaban fijos en Cristo, cuya forma postrada se veía envuelta en la hermosa luz y la gloria que rodean constantemente al trono de Dios.
Su rostro vuelto hacia arriba estaba glorificado como nunca habían visto la faz de hombre alguno.
Los truenos resonaban y los relámpagos iluminaban los cielos abiertos, a la vez que de ellos procedía una voz de majestad terrible, diciendo: "Tú eres mi hijo amado; en ti tengo complacencia" (Luc. 3:22). La voz de Jehová le dio a Cristo la seguridad de su calidad de Hijo con el Eterno. (Youth's Instructor. marzo, 1874).
La
gloria que descansó sobre Jesús es una prenda del
amor de Dios hacia nosotros. Nos habla del poder de la oración, de
cómo la voz humana puede llegar al oído de Dios, y ser aceptadas
nuestras peticiones en los atrios celestiales...
La luz que cayó por los portales
abiertos sobre la cabeza de nuestro Salvador, caerá sobre
nosotros mientras oremos para pedir ayuda con que resistir a la
tentación. La voz que habló a Jesús dice a toda alma creyente: "Este
es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento". (El Deseado de
todas las gentes, págs. 87-88). EJ 73
AUDIO. https://youtu.be/z77OM2iAhYs
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