…Yo
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo... (Mat. 28:20).
Cristo tomó sobre sí la humanidad. Puso de lado su manto y corona reales y renunció a su
exaltada posición de mando en las cortes celestiales. Al revestir su divinidad con la humanidad.
Cristo rodeó a la raza con su largo brazo humano. Se encuentra
a la cabeza de la humanidad como
Salvador, no como pecador.
Puede ocupar esa
posición como la seguridad del pecador, porque en su alma
divina no hay ni la menor mancha de pecado. Gracias a su santidad puede
quitarnos nuestros pecados y colocarnos en terreno ventajoso frente a Dios,
si tan sólo creemos en él y confiamos, en que él es nuestra
santificación y justicia...
Él ha prometido que, si le piden su sabiduría, se las concederá. Pero no siempre es
esencial que conozcamos todas las causas y razones. Deshonramos a Dios
cuando nos esforzamos por conseguir la ayuda de alguien que pensamos que
comprende nuestro caso y que nos puede ayudar.
¿Acaso no nos ha dado
Dios a su Hijo unigénito? ¿No está Cristo muy cerca de nosotros, y acaso no nos
concederá la ayuda que necesitamos? "He aquí yo estoy con vosotros
todos los días -nos asegura-, hasta el fin del mundo". Su
Palabra repite esta promesa vez tras vez...
No me sorprende ver que en el tiempo presente
haya tanta debilidad donde debería haber fuerza.
La
razón de esto es que en lugar de beber de las aguas puras del Líbano
nos esforzamos por apagar la sed en las cisternas de las tierras bajas, que
no contienen el agua de la vida. Confiamos
en los seres humanos y quedamos frustrados y a menudo
confundidos...
Al darle la espalda a Cristo para buscar sabiduría en seres humanos
finitos, le
hemos hecho una gran deshonra a nuestro Maestro.
¿Continuaremos acariciando el pecado de la incredulidad, que nos
envuelve tan fácilmente, o echaremos de
nosotros este peso de incredulidad y acudiremos a la fuente de la
fortaleza creyendo que seremos objeto de la piedad y la compasión de
Aquel que conoce nuestra constitución, y que nos ama de tal manera que
dio su propia vida por nosotros y que soportó en su propio cuerpo los
azotes que lo castigaron a causa de nuestra transgresión de la
ley de Dios?
¡Todo esto lo hizo para que pudiéramos transformarnos en
prisioneros de la esperanza!
No
somos corteses con Cristo. No reconocemos su presencia. No
nos damos cuenta de que él debe ser nuestro huésped de honor, de que estamos
rodeados por su extenso brazo humano, en tanto, que con su
brazo divino se ase del trono del Infinito.
Olvidamos que el vestíbulo del cielo
está inundado con la gloria que procede del trono de Dios, para
que su luz pueda descender directamente sobre las personas
que buscan la ayuda que solamente Cristo puede dar.
A
la mujer de Samaria le dijo: "…Si conocieras el don de
Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría
agua viva" (Juan 4:10). (Manuscrito 144, 1901). EJ 88
AUDIO. https://youtu.be/mCTRaobYRow
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