Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. (Juan 20:6-7).
Un joven vestido de ropas resplandecientes estaba sentado al
lado de la tumba. Era el ángel que había apartado la piedra. Había tomado el
disfraz de la humanidad, a fin de no alarmar a estas personas que amaban a
Jesús. Sin embargo, brillaba todavía en derredor de él la gloria
celestial, y las mujeres temieron.
Se dieron vuelta para huir, pero las palabras del ángel
detuvieron sus pasos. "No temáis vosotras -les dijo-; porque yo sé
que buscáis a Jesús, que fue crucificado. No está aquí; porque ha resucitado,
como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id presto,
decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos".
Volvieron a mirar al interior del sepulcro y volvieron a oír las
nuevas maravillosas. Otro ángel en forma humana estaba allí, y les dijo:
"…¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, más ha
resucitado: acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea,
diciendo: Es menester que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres
pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día". (Luc 24:5-7).
¡Ha resucitado, ha resucitado! Las mujeres repiten las palabras
vez tras vez. Ya no necesitan las especias para ungirle. El Salvador está vivo,
y no muerto. Recuerdan ahora que cuando hablaba de su muerte, les dijo que
resucitaría.
¡Qué día es éste para el mundo! Prestamente, las mujeres se apartaron del sepulcro
y "con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar
las nuevas a sus discípulos".
María no había oído las buenas noticias. Ella fue a Pedro y a Juan con el triste
mensaje: "Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto".
Los discípulos se apresuraron a ir a la tumba, y la encontraron como había
dicho María. Vieron los lienzos y el
sudario, pero no hallaron a su Señor.
Sin embargo, había allí un
testimonio de que había resucitado. Los lienzos mortuorios no habían sido
arrojados con negligencia a un lado, sino cuidadosamente doblados, cada uno en
un lugar adecuado, Juan "vio, y creyó". No comprendía
todavía la escritura que afirmaba que Cristo debía resucitar de los muertos;
pero recordó las palabras con que el Salvador había predicho su resurrección.
Cristo mismo había colocado esos
lienzos mortuorios con tanto cuidado. Cuando el poderoso ángel bajó a la
tumba, se le unió otro, quien, con sus acompañantes, había estado guardando el
cuerpo del Señor.
Cuando el ángel del cielo
apartó la piedra, el otro entró en la tumba y desató las envolturas que
rodeaban el cuerpo de Jesús. Pero fue la mano del Salvador la que dobló
cada una de ellas y la puso en su lugar.
A la vista de Aquel que guía tanto a la estrella como al átomo, no hay nada sin importancia.
Se ven orden y perfección en toda su obra. (El Deseado de todas las gentes, págs. 732-733).
EJ 94
AUDIO.
https://youtu.be/7UYM32TKzYk
No hay comentarios.:
Publicar un comentario