Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos;
primicias de los que durmieron es hecho. (1 Cor. 15:20).
Había llegado el
tiempo en que Cristo había de ascender al trono de su Padre. Como conquistador
divino, había de volver con los trofeos de la victoria a los atrios
celestiales. Antes de su muerte,
había declarado a su Padre: "He acabado la obra que me diste que hiciese". Después
de su resurrección, se demoró por un tiempo en la tierra, a fin de que sus
discípulos pudiesen familiarizarse con él, en su cuerpo resucitado y glorioso.
Ahora estaba listo
para la despedida. Había demostrado el hecho de que era un Salvador vivo. Sus
discípulos no necesitaban ya asociarle en sus pensamientos con la tumba. Podían
pensar en él como glorificado delante del universo celestial.
Como lugar de su ascensión, Jesús eligió el sitio con tanta frecuencia
santificado por su
presencia mientras moraba entre los hombres...
Cristo estuvo sobre el monte de las Olivas, contemplando a Jerusalén con corazón anhelante.
Los huertos y vallecitos de la montaña habían sido consagrados por sus oraciones y lágrimas.
En sus riscos habían repercutido los triunfantes clamores de la multitud que
le proclamaba rey. En su ladera había hallado un hogar con Lázaro en
Betania.
En el huerto de Getsemaní, que estaba al pie, había orado y
agonizado solo. Desde esta montaña había de ascender al cielo.
En su cumbre, se asentarán sus pies cuando vuelva. No como
varón de dolores, sino como glorioso y triunfante rey, estará sobre el monte de
las Olivas, mientras que los aleluyas hebreos, se mezclen con los hosanas
gentiles, y las voces de la grande hueste de los redimidos hagan resonar esta
aclamación: Coronadle Señor de todos...
Al llegar al monte
de las Olivas, Jesús condujo al grupo a través de la cumbre, hasta llegar cerca
de Betania. Allí se detuvo y los discípulos le rodearon. Rayos de luz parecían
irradiar de su semblante mientras los miraba con amor.
No los reprendió por sus faltas y
fracasos; las últimas palabras que oyeron de los labios del Señor fueron
palabras de la más profunda ternura. Con las manos extendidas para
bendecirlos, como si quisiera asegurarles su cuidado protector, ascendió
lentamente de entre ellos, atraído hacia el cielo por un poder más fuerte
que cualquier atracción terrenal.
Y mientras él subía, los discípulos, llenos de reverente asombro y esforzando
la vista, miraban para
alcanzar la última vislumbre de su Salvador que ascendía.
Una nube de gloria le ocultó de su vista; y llegaron hasta ellos las palabras: "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo", mientras la nube formada por un carro de ángeles le recibía. Al mismo tiempo flotaban hasta ellos los más dulces y gozosos acordes del coro celestial.
(El
Deseado de todas las gentes, págs. 769-771). EJ 95
AUDIO. https://youtu.be/fn7R_Tbm2Gk
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