Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. (Juan 6:33).
…Si vosotros... "sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿Cuánto más
vuestro padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" (Luc 11:13).
El Espíritu Santo,
su representante, es la mayor de todas sus dádivas. Todas las "buenas
dádivas" quedan abarcadas en ésta. El Creador mismo no puede darnos
cosa alguna que sea mejor ni mayor. Cuando suplicamos al Señor que se
compadezca de nosotros en nuestras aflicciones y que nos guíe mediante
su Espíritu Santo, no desoirá nuestra petición.
Es posible que aun un padre se
aleje de su hijo hambriento, pero Dios no podrá nunca rechazar el
clamor del corazón menesteroso y anhelante. ¡Con qué ternura maravillosa
describió su amor!
A los que en días de tinieblas sientan que Dios no cuida de ellos, éste es el mensaje del corazón del Padre: "…Sion empero ha dicho: ¡Me ha abandonado Jehová, y el Señor se ha olvidado de mí!
¿Se olvidará acaso la
mujer de su niño mamante, de modo que no tenga compasión del hijo de sus
entrañas? ¡Aun las tales le pueden olvidar; mas no me olvidaré yo de ti! He
aquí que sobre las palmas de mis manos te traigo esculpida…" (Isa.
49:14-16).
Toda promesa de la
Palabra de Dios viene a ser un motivo para orar, pues su cumplimiento nos es
garantizado por la palabra empeñada por Jehová. Tenemos el privilegio de pedir
por medio de Jesús cualquier bendición espiritual que necesitemos.
Podemos decir al Señor
exactamente lo que necesitamos, con la sencillez de un niño. Podemos
exponerle nuestros asuntos temporales, y suplicarle pan y ropa, así como
el pan de vida y el manto de la justicia de Cristo. Nuestro Padre celestial sabe que necesitamos todas
estas cosas, y nos invita a pedírselas, En el nombre de Jesús es como se
recibe todo favor. Dios honrará ese nombre y suplirá nuestras
necesidades con las riquezas de su liberalidad.
No nos olvidemos, sin embargo, que al allegarnos a Dios como a un Padre, reconocemos nuestra
relación con él como hijos. No solamente nos fiamos en su bondad, sino
que nos sometemos a su voluntad en todas las cosas, sabiendo que su amor no
cambia. Nos consagramos para hacer su obra. A quienes había invitado
a buscar primero el reino de Dios y su justicia, Jesús les prometió:
"…Pedid, y recibiréis…" (Juan 16:24).
Los
dones de Aquel que tiene todo poder en el cielo y
en la tierra esperan a los hijos de Dios. Todos los que acudan a Dios
como niñitos recibirán y gozarán dádivas preciosísimas pues
fueron provistas por el costoso sacrificio de la sangre del Redentor, dones
que satisfarán el anhelo más profundo del corazón, regalos
permanentes como la eternidad.
Aceptemos como
dirigidas a nosotros las promesas de Dios. Presentémoslas ante él
como sus propias palabras, y recibiremos la plenitud del gozo. (El
discurso maestro de Jesucristo, págs. 112-113). EJ 102
AUDIO.
https://youtu.be/84Vh36-WkKs
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