Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. (Sal. 119:18).
Cristo vino a un
pueblo engañado y frustrado por el demonio de la ambición. En aquel tiempo
se encontraban bajo el yugo romano, pero esperaban a Uno que vendría
a establecer un reino del cual quedarían excluidos todos los demás
reinos de la tierra. El quebrantaría el yugo pagano para exaltar a su
pueblo y colocarlo entre los príncipes. Todas las naciones serían
llamadas a comparecer delante del Enviado de Dios, e intimadas a
someterse o ser consumidas.
Continuamente se levantaban profetas que declaraban haber recibido mensajes
especiales a este
efecto. Judá debía ser honrada como el lugar de poder y gloria.
Los reinos del mundo y las riquezas de los gentiles habrían de colocarse a sus
pies, y los judíos serían exaltados como sacerdotes y reyes delante de Dios.
Los que no creían en
estas grandes cosas para la nación judía eran considerados
infieles. Si sus oraciones no abundaban en la recitación de estas
gloriosas expectativas, eran tratados peor que inservibles...
La gente se encontraba tan infatuada con las falsedades de Satanás que sus
mentes estaban
completamente desprevenidas para recibir al verdadero Cristo.
La obra de Cristo debía colocar ante los hombres el carácter de su reino,
y mostrarles que los nombres y posesiones y títulos no significan nada,
en tanto que a la vista del cielo la pureza de la virtud y la
santidad del carácter son consideradas de máximo valor.
En el sermón del monte, las primeras oraciones provenientes de sus
labios tenían el
propósito de echar por tierra aquellas ambiciones.
"Bienaventurados los pobres en espíritu -dijo-, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la
justicia, porque de ellos es el
reino de los cielos" (Mat. 5:3-10).
Este sermón completo no fue sino una exposición de la ley. Cristo presentó las abarcantes demandas de la ley de Dios. Trató de corregir las altas pretensiones de ellos exaltando los verdaderos sentimientos y proclamando una bendición sobre ciertos rasgos de carácter diametralmente opuestos a los atributos que ellos acariciaban.
Delante de ellos presentó un reino en el cual no tienen
cabida las ambiciones humanas ni las pasiones terrenales...
La obra de Cristo... estaba llamada a rescatar a las almas que perecían en la ignorancia de la verdadera piedad y trasladarlas a una atmósfera pura y santa. (Signs of the Times, 10 de enero, 1900).
EJ 130
AUDIO. https://youtu.be/9EisAMjP1Rc
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