Hecho tanto superior a
los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos. Porque
¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he
engendrado hoy, y otra vez: Yo seré a él Padre, y él me será a mí hijo? Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice:
Adórenle todos los ángeles de Dios. (Heb. 1:4-6).
Si el ángel Gabriel fuera enviado a este mundo para
tomar sobre sí la naturaleza humana, y para enseñar el conocimiento de Dios,
cuán ansiosamente escucharían sus instrucciones los seres humanos.
Supongamos que nos ofreciera
un ejemplo perfecto de pureza y santidad, y que simpatizara con nosotros a
causa de todas nuestras tristezas, congojas y aflicciones, y que sufriera el
castigo de nuestros pecados, con cuánto afán lo seguiríamos. Cuánta exaltación recibiría. La gente desearía colocarlo
sobre el trono de David y reunir a las naciones de la tierra bajo su
estandarte.
Si al regresar a su hogar este ser celestial dejara tras sí un libro con la historia de su misión, con revelaciones concernientes a la historia del mundo, ¡con cuánta ansiedad se rompería su sello!
¡Cómo se esforzarían los seres humanos por
obtener una copia!
Los pensadores conservarían su preciosa
instrucción para beneficio de las generaciones futuras. Miles de todas partes
del mundo copiarían las palabras de un libro tal. Sus páginas se leerían y se
volverían a leer con intenso interés.
Durante algún tiempo todo otro interés quedaría subordinado al estudio de su contenido.
Pero Uno que sobrepasa todo lo que la imaginación puede ofrecer vino
del cielo a este mundo.
Hace cerca de dos mil años, se escuchó una voz proveniente
del trono de Dios, de significado extraño y misterioso, que decía:
"Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo... He aquí que
vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad" (Heb. 10:5,9).
Cierto profeta dijo: "Porque un
niño nos es nacido, Hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se
llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de
Paz" (Isa. 9:6).
Mientras Pablo contemplaba a Cristo en su gloria,
prorrumpió en exclamaciones de admiración y sorpresa: "Indiscutiblemente, grande es el misterio de la
piedad. Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los
ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en
gloria".
"En el fueron creadas todas las cosas,
las que hay en los cielos y las que hay en la tierra,
visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean
principados, sean potestades; todo fue creado por medio de
él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas
las cosas en él subsisten" (1 Tim. 3:16; Col. 1:16-17). Signs of
the Times, 4 de abril, 1906. EJ 29
AUDIO. https://youtu.be/LAQ4LNNoKYk
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