Cristo vino al mundo para representar al Padre delante de los hombres;
porque Satanás lo había presentado ante el mundo en una luz falsa.
Puesto que Dios es un Dios de justicia, de terrible
majestad, que tiene poder para destruir al ser humano como para
preservarlo, Satanás indujo a la gente a considerarlo con temor, y a
verlo como si fuera un tirano.
Antes de la creación del
hombre, Jesús había estado con el Padre desde las edades eternas, y
vino al mundo para revelar al Padre, declarando: "Dios es
amor". Jesús representó a Dios
como un Padre bondadoso que tiene cuidado de los súbditos de su reino. Declaró
que ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que el Padre lo note,
y que ante su vista los seres humanos son de mucho más valor que
todos los gorriones; que los mismos cabellos de sus cabezas están
contados.
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, el Señor está representado
no sólo como un Dios justo sino también como
un Padre de amor infinito.
El salmista declara: "Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen
violencia... Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia...
No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen.
Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones...
Mas
la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad
sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los
hijos" (Sal. 103: 6, 8, 10-12, 17)...
Satanás disfrazó el carácter del Padre con sus
propios atributos, pero Cristo lo representó con su verdadero
carácter de benevolencia y amor. La forma como Cristo lo
representó ante el mundo fue como si se le concediera un nuevo
don al ser humano...
El hijo de Dios
declaró en términos inequívocos que el mundo se encontraba destituido
del conocimiento de Dios; pero este conocimiento era del más elevado
valor, y constituía su propio regalo particular, el inestimable
tesoro que él trajo a este mundo.
Al ejercer su
prerrogativa soberana les impartió a sus discípulos el conocimiento
del carácter divino, con el fin de que ellos se lo comunicaran al
mundo... Toda persona que cree los mensajes de Dios debe exaltar a
Jesús, dirigir a los hombres hacia Cristo y decir: "He
aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29)...
El alma imbuida con el amor de
Cristo es una con él; tiene comunión con Cristo, Cristo se
forma en su interior, la esperanza de gloria, y el cristiano
avanza para representar al Padre y al Hijo delante del mundo.
(Signs of the Times, 27 de junio, 1892). EJ31
AUDIO. https://youtu.be/tR9o37zgEZI
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