Y Jehová Dios plantó un huerto en
Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado. (Gén. 2:8).
A pesar de todo lo que se ha dicho y escrito acerca de la dignidad del trabajo manual, prevalece el sentir de que es degradante. La opinión popular ha trastornado en muchas mentes el orden de las cosas, y los hombres han llegado a pensar que no es propio que el hombre que trabaje con sus manos ocupe un lugar entre caballeros.
LOS HOMBRES trabajan arduamente para obtener dinero; y habiendo
alcanzado riquezas, suponen que éstas harán caballeros a sus hijos. PERO muchos de los tales
no preparan a sus hijos para un trabajo duro y útil como ellos fueron
preparados. SUS HIJOS gastan el dinero ganado por el trabajo ajeno, sin
comprender su valor. Así emplean mal un talento al que Dios quiso
ver realizar mucho bien.
Los Propósitos Del Señor no son los propósitos de los hombres. Dios no quería que éstos viviesen en la ociosidad. En el principio creó al hombre como caballero; pero aunque rico en todo lo que podía proveerle el Propietario del universo, Adán no había de quedar ocioso.
Apenas fue creado, le fue
dado su trabajo. Había de hallar empleo y felicidad en cultivar
las cosas que Dios había creado; y en respuesta a su trabajo, sus
necesidades iban a ser abundantemente suplidas con los frutos del
jardín del Edén.
Mientras nuestros primeros padres obedecieron a Dios, su trabajo en el
huerto fue un placer: y la tierra les daba de su abundancia para sus necesidades.
Pero, cuando el hombre se apartó de la obediencia, quedó condenado a luchar
con la semilla sembrada por Satanás, y a ganar su pan con el sudor de su frente.
Desde
entonces debía batallar con sus afanes y penurias contra el poder al
cual había cedido su voluntad.
Era el propósito de Dios aliviar por el trabajo el mal
introducido en el mundo por la desobediencia
del hombre.
El trabajo podía
hacer ineficaces las tentaciones de Satanás y detener la marea del mal. Y
aunque acompañado de ansiedad, cansancio y dolor, el trabajo es todavía una
fuente de felicidad y desarrollo, y una salvaguardia contra la
tentación.
Su disciplina pone en jaque la
complacencia propia, y fomenta la laboriosidad, pureza y firmeza. Llega
a ser así parte del plan de Dios para restaurarnos de la caída. (Consejos
para los maestros, págs. 261-262).
El
Creador del hombre, ordenó la maquinaria viviente de
nuestros cuerpos. Cada una de sus funciones fue hecha sabia y
admirablemente. Y el Señor se ha comprometido a mantener esta
maquinaria humana en funcionamiento saludable, si el agente
humano obedece sus leyes y colabora con Dios.
Cada norma que
gobierna la maquinaria humana debe considerarse tan verdaderamente divina en
origen, carácter e importancia, como la Palabra de Dios.
Cada acción negligente, distraída, cualquier abuso impuesto a este maravilloso mecanismo del Señor al pasar por alto sus leyes específicas relativas a la habitación humana, es una violación de la ley divina.
Podemos contemplar la obra de Dios y
admirarla en el mundo natural, pero el cuerpo humano es la más maravillosa
de todas. (Medical Ministry, pág. 221). EJ44
AUDIO. https://youtu.be/RElPneOnweU
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