…He aquí, el sembrador salió a sembrar. (Mat. 13:3).
En el Oriente, el estado de las
cosas era tan inseguro, y había tan grande peligro de violencia, que
la gente vivía principalmente en ciudades amuralladas, y los labradores
salían diariamente a desempeñar sus tareas fuera de los muros.
Así
Cristo, el Sembrador celestial, salió a sembrar. Dejó su hogar de
seguridad y paz, dejó la gloria que él tenía con el Padre antes
que el mundo fuese, dejó su puesto en el trono del universo. Salió
como uno que sufre, como hombre tentado; salió solo, para sembrar
con lágrimas, para verter su sangre, la simiente de vida para el
mundo perdido. Sus servidores deben salir a sembrar de la misma manera.
Cuando Abrahán recibió el llamamiento a ser un sembrador de la
simiente de verdad, se le ordenó:
"…Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la
tierra que te mostraré". "…Y salió sin saber dónde iba" (Gén.
12:1; Heb. 11:8). La semilla debe sembrarse con trabajo y
lágrimas, en la soledad y mediante el sacrificio. "El
sembrador siembra la palabra" (Mar. 4:14).
Cristo vino a sembrar
el mundo de verdad. Desde la caída del hombre, Satanás ha estado
sembrando las semillas del error. Fue por medio de un engaño como
obtuvo el dominio sobre el hombre al principio, y así trabaja todavía para
derrocar el reino de Dios en la tierra y colocar a los hombres bajo su
poder, Un sembrador proveniente de un mundo más alto, Cristo, vino a
sembrar las semillas de verdad. Aquel que había estado en los
concilios de Dios, Aquel que había morado en el lugar santísimo del
Eterno, podía traer a los hombres los puros principios de la verdad.
Desde la caída del hombre, Cristo había sido el Revelador de la verdad al mundo. Por medio de él, la incorruptible simiente, "…la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre" (1 Ped. 1:23), es comunicada a los hombres.
En aquella
primera promesa pronunciada a nuestra raza caída, en el Edén, Cristo
estaba sembrando la simiente del Evangelio. Pero la parábola se
aplica especialmente a su ministerio personal entre la gente y a la
obra que de esa manera estableció.
La palabra de Dios es la simiente. Cada semilla tiene en sí un poder germinador.
En
ella está encerrada la vida de la planta. Así hay vida en la palabra de
Dios.
Cristo dice: "…Las palabras
que yo os he hablado, son espíritu, y son vida". "…El que oye mi
palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna…" (Juan 6:63;
5:24).
En Cada Mandamiento y en cada promesa de la Palabra de
Dios se halla el poder, la vida misma de Dios, por medio de los cuales
pueden cumplirse el mandamiento y la promesa. Aquel que por la fe recibe la
palabra, está recibiendo la misma vida y carácter de Dios.
Cada
semilla lleva fruto según su especie. Sembrad la semilla en las
debidas condiciones, y desarrollará su propia vida en la planta. Recibid
en el alma por la fe la incorruptible simiente de la Palabra, y
producirá un carácter y una vida a la semejanza del carácter y la
vida de Dios. (Palabras de vida del gran Maestro, págs. 19-20). EJ 64
AUDIO.
https://youtu.be/8bdtALzar1I
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