…Serán vivificados como trigo, y florecerán como la vid... (Ose. 14:7).
En la Escritura se
llama nacimiento al cambio de corazón por el cual somos hechos hijos de Dios. También
se lo compara con la germinación de la buena semilla sembrada por el
labrador.
De igual modo se
habla de los recién convertidos a Cristo como de "…niños recién
nacidos…", que deben ir "…creciendo…" (1 Ped. 2:2; Efe.
4:15) hasta llegar a la estatura de hombres en Cristo Jesús.
Como la buena simiente en el
campo,
tienen que crecer y dar fruto. Isaías dice que serán "…llamados
árboles de justicia, plantados por Jehová mismo, para que él sea
glorificado" (Isa. 61:3). Se sacan así ilustraciones del mundo natural
para ayudarnos a entender mejor las verdades misteriosas de la vida espiritual.
Toda la sabiduría e
inteligencia de los hombres no puede dar vida al objeto más diminuto
de la naturaleza. Solamente por la vida que Dios mismo les ha dado pueden
vivir las plantas y los animales. Asimismo es sólo mediante la
vida de Dios como se engendra la vida espiritual en el corazón de
los hombres. Si el hombre no "…naciera de nuevo…" (Juan 3:3) no
puede ser hecho participante de la vida que Cristo vino a dar.
Lo que sucede con la
vida, sucede con el crecimiento. Dios es el que hace
florecer el capullo y fructificar las flores. Su poder es el que hace
a la simiente desarrollar "…primero hierba, luego espiga, luego grano
lleno en la espiga" (Mar. 4:28).
El profeta Oseas dice que Israel "…florecerá
como el lirio…". Serán vivificados como el trigo, y florecerán como la vid…"
(Ose. 14:5, 7). Y el Señor Jesús dice: "Considerad los lirios, cómo
crecen…" (Luc. 12:27).
Las plantas y las flores no crecen por su propio cuidado, solicitud o
esfuerzo, sino porque reciben lo que Dios proporcionó para
favorecer su vida.
El niño no puede por su solicitud o
poder propio añadir algo a su estatura. Ni vosotros podréis por
vuestra solicitud o esfuerzo conseguir el crecimiento espiritual.
La planta y el niño
crecen al recibir de la atmósfera circundante aquello que sostiene su vida: el aire, el sol y el
alimento. Lo que estos dones de la naturaleza son para los animales y
las plantas, llega a serlo Cristo para los que en él confían...
En el don incomparable de su Hijo, Dios
rodeó al mundo entero con una atmósfera de gracia tan real como
el aire que circula en derredor del globo. Todos los que decidan
respirar esta atmósfera vivificante vivirán y crecerán hasta
alcanzar la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús.
Como la flor se vuelve hacia el
sol
para que los brillantes rayos le ayuden a perfeccionar su belleza y
simetría, así debemos volvernos hacia el Sol de justicia, a fin de
que la luz celestial brille sobre nosotros y nuestro carácter se
transforme a la imagen de Cristo. (El camino a Cristo, págs. 67-68). EJ 65
AUDIO. https://youtu.be/vZVyJedOWqo
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