Y estando en la condición de hombre, se humilló a si
mismo haciéndose obediente
hasta la muerte... (Fil. 2:8).
Desde que Jesús vino a morar con
nosotros, sabemos que Dios conoce nuestras pruebas y simpatiza con
nuestros pesares. Cada hijo e hija de Adán puede comprender que nuestro
Creador es el amigo de los pecadores. Porque en toda doctrina de gracia,
toda promesa de gozo, todo acto de amor, toda atracción
divina presentada en la vida del Salvador en la tierra, vemos a
"Dios con nosotros".
Satanás representa la divina ley de amor como una ley de egoísmo. Declara, que nos es imposible, obedecer sus preceptos. Imputa al Creador la caída de nuestros primeros padres, con toda la miseria que ha provocado, e induce a los hombres a considerar a Dios como autor del pecado,
del sufrimiento y de
la muerte. Jesús había de desenmascarar este engaño. Como uno de
nosotros, había de dar un ejemplo de obediencia. Para esto tomó sobre sí
nuestra naturaleza, y pasó por nuestras vicisitudes. "Por lo
cual debía ser en todo semejante a sus hermanos…" (Heb. 2:17).
Si
tuviésemos que soportar algo que Jesús no soportó,
en este detalle Satanás representaría el poder de Dios como insuficiente para
nosotros. Por lo tanto, Jesús fue "tentado en todo punto, así como
nosotros" (Ver Heb. 4:15).
Soportó toda prueba
a la cual estemos sujetos. Y no ejerció en favor suyo poder alguno que no sea
ofrecido generosamente. Como hombre, hizo frente a la tentación, y
venció en la fuerza que Dios le daba. Él dice: El hacer tu voluntad,
Dios mío, me ha agradado, Y tu ley está en medio de mi corazón. (Sal. 40:8).
Mientras andaba haciendo bien y sanando a todos los
afligidos de Satanás, demostró claramente a los hombres el carácter
de la ley de Dios y la naturaleza de su servicio. Su vida testifica
que para nosotros también es posible obedecer la ley de Dios.
Por
su humanidad, Cristo tocaba a la humanidad; por
su divinidad, se asía del trono de Dios. Como Hijo del hombre, nos
dio un ejemplo de obediencia; como Hijo de Dios, nos imparte poder para
obedecer.
Fue
Cristo quien habló a Moisés desde la zarza del monte Horeb diciendo: "…YO
SOY EL QUE SOY... Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a
vosotros" (Exo. 3:14).
Tal
era la garantía de la liberación de Israel. Asimismo,
cuando vino "en semejanza de los hombres", se declaró
el YO SOY. El Niño de Belén, el manso y humilde Salvador, es
Dios, "…manifestado en carne…" (1 Tim. 3:16). (El Deseado
de todas las gentes, págs. 15-16). EJ 78
AUDIO.
https://youtu.be/DbwjGUYGDys
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