Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos, vinieron a su encuentro
dos endemoniados que salían de los sepulcros, feroces en gran manera... (Mat. 8:28).
Por la mañana temprano, el Salvador y sus compañeros llegaron a la orilla, y la luz del sol naciente se esparcía sobre el mar y la tierra como una bendición de paz. Pero apenas habían tocado la orilla, cuando sus ojos fueron heridos, por una escena más terrible, que la furia de la tempestad.
Desde algún escondedero entre las tumbas, dos locos echaron
a correr hacia ellos como si quisieran despedazarlos...
Los discípulos y sus
compañeros huyeron aterrorizados; pero al rato notaron que Jesús... allí estaba
donde le habían dejado. El que había calmado la tempestad... no huyó
delante de esos demonios...
Con autoridad ordenó a los espíritus inmundos que saliesen. Sus palabras penetraron las obscurecidas mentes de los
desafortunados... Un cambio maravilloso se había verificado en los
endemoniados.
Había amanecido en sus mentes. Sus
ojos brillaban de inteligencia. Sus rostros, durante tanto tiempo
deformados a la imagen de Satanás, se volvieron repentinamente benignos.
Se aquietaron las manos manchadas de sangre, y con alegres voces
los hombres alabaron a Dios por su liberación...
Los Habitantes de
Gádara tenían
delante de sí la evidencia viva del poder y la misericordia de Cristo. Veían
a los hombres a quienes él había devuelto la razón; pero tanto
temían poner en peligro sus intereses terrenales, que trataron como a
un intruso a Aquel que había vencido al príncipe de las tinieblas
delante de sus ojos, y desviaron de sus puertas el Don del cielo...
PERO El Sentimiento de los endemoniados curados era muy diferente. Ellos deseaban la compañía de su libertador. Con él,
se sentían seguros de los demonios que habían atormentado su vida y
agostado su virilidad.
CUANDO Jesús estaba
por subir al barco, se mantuvieron a su lado, y arrodillándose le
rogaron que los guardase cerca de él, donde pudiesen escuchar
siempre sus palabras. PERO Jesús les recomendó que se fuesen a sus casas
y contaran cuán grandes cosas el Señor había hecho por ellos...
Tan pronto como Jesús les señaló su deber, estuvieron listos para obedecer. No sólo hablaron de Jesús a
sus familias y vecinos, sino que fueron por toda Decápolis, declarando por
doquiera su poder salvador...
Al hacer esta obra, podían recibir una bendición mayor que si, con el único
fin de beneficiarse a sí mismos, hubieran permanecido en su
presencia.
Es trabajando en la difusión de las buenas nuevas de la salvación, como somos acercados al Salvador... No podían instruir a la gente como los discípulos que habían estado diariamente con Jesús.
Pero
llevaban en su persona la evidencia de que Jesús era el
Mesías. Podían contar lo que sabían; lo que ellos mismos habían
visto y oído y sentido del poder de Cristo. (El Deseado de
todas las gentes, págs. 304-307). EJ 79
AUDIO.
https://youtu.be/_uQFmwrHtLk
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