Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación... (Mal. 4:2).
En la vivienda del pescador en
Capernaúm, la suegra de Pedro yacía enferma de "…grande fiebre; y le
rogaron por ella". Jesús la tomó de la mano "y la fiebre la
dejó…" (Luc. 4:38; Mat. 8:15). Entonces ella se levantó y sirvió al
Salvador y a sus discípulos.
Con Rapidez cundió la noticia. Hizo Jesús este milagro en sábado, y por temor a los rabinos
el pueblo no se atrevió a acudir en busca de curación hasta después de la puesta del sol.
Entonces, de sus
casas, talleres y mercados, los vecinos de la población se dirigieron
presurosos a la humilde morada que albergaba a Jesús. Los enfermos eran traídos
en camillas, otros venían apoyándose en bordones, o sostenidos
por brazos amigos, llegaban tambaleantes a la presencia del Salvador...
Nunca hasta entonces había presenciado Capernaúm día semejante.
Por todo el ambiente
repercutían las voces de triunfo y de liberación.
No cesó Jesús su obra, hasta que hubo aliviado al último enfermo. Muy entrada era la noche cuando la muchedumbre se alejó, y la morada de Simón quedó sumida en el silencio. Pasado tan largo y
laborioso día, Jesús procuró descansar; pero mientras la ciudad dormía, el Salvador,
"levantándose muy de mañana....
salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba" (Mar. 1:35).
Por
la mañana temprano, Pedro y sus compañeros fueron
a Jesús, para decirle que le buscaba todo el pueblo de Capernaúm. Con
sorpresa oyeron estas palabras de Cristo: “…Es necesario que también a
otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido
enviado”. (Luc. 4:43).
En la agitación de que era presa Capernaúm había peligro de que se perdiera de vista el objeto de su
misión. Jesús no se daba por satisfecho con llamar la atención sobre sí
mismo como mero taumaturgo, o sanador de dolencias físicas.
Quería atraer a los hombres como su Salvador. Mientras que las muchedumbres
anhelaban creer que Jesús había venido como rey para establecer un
reino terrenal, él se esforzaba para invertir sus
pensamientos de lo terrenal a lo espiritual. El mero éxito
mundano hubiera impedido su obra...
NO Había Egoísmo En Su Vida... Jesús no se valió de ninguno de los medios
que emplean los
hombres para granjearse la lealtad y el homenaje...
El
Sol de justicia lo apareció a la vista del mundo para deslumbrar los sentidos
con su gloria. Escrito está de Cristo:
"…Como el alba está dispuesta su salida…" (Ose. 6:3). Suave y
gradualmente raya el alba, disipando las tinieblas y despertando el
mundo a la vida. Así también nacía el Sol de justicia, trayendo "…en
sus alas...salvación…" (Mal. 4:2). (El ministerio de curación, págs. 19-21).
EJ81
AUDIO.
https://youtu.be/5RoojkhyhHk
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