Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar
pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa. (Mat. 9:6).
Con nueva esperanza
el enfermo mira a Jesús. La expresión de su rostro, el acento de su voz,
no son como los de otro cualquiera. Su misma presencia parece respirar amor
y poder. La fe del paralítico se aferra a la palabra de Cristo. Sin
otra pregunta, se dispone a obedecer, y todo su cuerpo le responde.
En cada nervio y
músculo pulsa una
nueva vida, y se transmite a sus miembros inválidos una actividad sana. De
un salto se pone de pie, y emprende la marcha con paso firme y
resuelto, alabando a Dios y regocijándose en sus fuerzas
renovadas.
Jesús no había dado al
paralítico seguridad alguna de ayuda divina... Podría haberse detenido a dudar, y
haber perdido su única oportunidad de sanar. Pero no;... al obrar
de acuerdo con la palabra de Cristo, quedó sano.
El pecado nos ha separado de la vida de Dios. Nuestras almas están paralizadas. Somos tan incapaces de llevar una vida santa como lo era el paralítico para andar. Muchos se dan cuenta de su desamparo; desean con ansia aquella vida espiritual que los pondrá en armonía con Dios, y se esfuerzan por conseguirla; pero en vano.
Desesperados,
exclaman: "¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta
muerte?" (Rom. 7:24). Alcen la mirada estas almas que luchan presa del
abatimiento. El Salvador se inclina hacia el alma adquirida por su sangre,
diciendo con inefable ternura y compasión: "¿Quieres ser
salvo?" Él nos invita a levantarnos llenos de salud y paz.
No esperéis hasta sentir que sois sanos. Creed en la palabra del Salvador. Poned
vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar de
acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza. Cualquiera que sea
la mala práctica, la pasión dominante que haya llegado a esclavizar
vuestra alma y vuestro cuerpo, por haber cedido largo tiempo a
ella, Cristo puede y anhela libraros. El infundirá vida al alma de
los que "estabais muertos en vuestros delitos" (Efe. 2:1).
Cuando os asalten las tentaciones, cuando
os veáis envueltos en perplejidad y cuidados, cuando, deprimidos
y desalentados, estéis a punto de ceder a la desesperación,
mirad a Jesús y las tinieblas que os rodeen se desvanecerán
ante el resplandor de su presencia.
Cuando el pecado contiende por dominar
vuestra alma y agobia vuestra conciencia, mirad al Salvador. Su
gracia basta para vencer el pecado. Vuélvase hacia él vuestro
agradecido corazón que tiembla de incertidumbre.
Echad mano de la esperanza que os es propuesta.
Cristo aguarda para adoptaros en su familia.
Su fuerza auxiliará vuestra flaqueza; os guiará paso a paso.
Poned vuestra mano en la
suya, y dejaos guiar por él.
Nunca
penséis que Cristo está lejos. Siempre está cerca. Su amorosa
presencia os circunda. Buscadle sabiendo que desea ser
encontrado por vosotros. Quiere que no sólo toquéis su
vestidura, sino que andéis con él en comunión constante.
(El ministerio de curación, págs. 55-57). EJ82
AUDIO.
https://youtu.be/oiTuFJkEKf4
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