Tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía. (Mar. 10:16).
Mientras Jesús desempeñaba su ministerio en las calles de las
ciudades, las madres con sus pequeñuelos enfermos o moribundos
en brazos, se abrían paso por entre la muchedumbre para ponerse al
alcance de la mirada de él.
Ved a estas madres, pálidas, cansadas, casi
desesperadas, y no obstante, resueltas y perseverantes. Con su
carga de sufrimientos buscan al Salvador. Cuando la agitada
muchedumbre las empuja hacia atrás, Cristo se abre paso poco a poco hasta
llegar junto a ellas. Brota la esperanza en sus corazones. Derraman
lágrimas de gozo cuando consiguen llamarle la atención y se fijan en
los ojos que expresan tanta compasión y tanto amor.
Dirigiéndose a una de las que formaban el grupo, el Salvador alienta su confianza diciéndole: "¿Qué puedo
hacer por ti?" Entre sollozos ella le expone su gran necesidad:
"Maestro, que sanes a mi hijo".
Cristo toma al niño,
y a su toque desvanece la enfermedad. Huye la mortal palidez; vuelve
a fluir por las venas la corriente de vida, y se fortalecen los
músculos. La madre oye palabras de consuelo y paz. Luego presentase otro caso
igualmente urgente. De nuevo hace Cristo uso de su poder vivificador, y
todos loan y honran al que hace maravillas.
Hacemos mucho hincapié en
la grandeza de la vida de Cristo. Hablamos de las maravillas que
realizó, de los milagros que hizo. Pero su cuidado por las cosas
que se suelen estimar insignificantes, es prueba aún mayor de su
grandeza.
Acostumbraban los
judíos llevar a
los niños a algún rabino para que pusiese las manos sobre ellos y los
bendijera; pero los discípulos consideraban que la obra del Salvador era
demasiado importante para interrumpirla así.
Cuando las madres acudían deseosas
de que Cristo bendijera a sus pequeñuelos los discípulos las miraban
con desagrado. Creían que los niños no iban a obtener provecho de
una visita a Jesús, y que a él no le agradaría verlos.
Pero el Salvador comprendía el
solícito cuidado y la responsabilidad de las madres que procuraban educar
a sus hijos conforme a la Palabra de Dios. Él había oído los ruegos de
ellas y las había atraído a su presencia...
Cristo
es hoy el mismo Salvador compasivo que anduvo
entre los hombres. Es hoy tan verdaderamente el auxiliador de las
madres como cuando en Judea tomó a los niños en sus brazos. Los niños
de nuestros hogares fueron comprados por su sangre tanto como los
de antaño...
Acudan,
pues, a Jesús las madres con sus perplejidades. Encontrarán bastante gracia
para ayudarles en el cuidado de sus hijos. Abiertas están las puertas
para toda madre que quiera depositar su carga a los pies del Salvador.
Aquel
que dijo: "Dejad los niños venir, y no se lo estorbéis" (Mar.
10:14 JBS), sigue invitando a las madres que le traigan a sus
pequeñuelos para que los bendiga. (El ministerio de curación, págs.
25-27). EJ 84
AUDIO.
https://youtu.be/57h-TBJ1pYQ
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