El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado... a ordenar que a los afligidos de Sión se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado... (Isa. 61:1,3).
Cristo era un observador cuidadoso y notaba muchas cosas que otros pasaban por alto. Siempre era servicial y estaba siempre dispuesto a pronunciar palabras de esperanza y simpatía para los desanimados y dolientes.
Sin quejarse permitía, que la multitud lo presionara, aunque a
veces casi lo levantaban de sus pies. Cuando encontraba una procesión
fúnebre, no pasaba a su lado indiferente. Su rostro se llenaba de
tristeza al contemplar la muerte y lloraba con los dolientes.
Cuando los niños recogían las flores silvestres que crecían a su alrededor tan
abundantemente, y se atropellaban para traerle sus pequeñas ofrendas,
las recibía alegremente, les sonreía y expresaba el regocijo que sentía al ver
tal variedad de flores.
Estos niños eran su patrimonio. Él
estaba consciente de haberlos venido a rescatar del enemigo mediante
su muerte en la cruz del Calvario. Les hablaba palabras que en
adelante ellos llevarían siempre en sus corazones. Se sentían felices de
saber que él apreciaba sus regalos y de escuchar que les hablaba con
tanto cariño.
Cristo observaba a los
niños mientras
jugaban, y a menudo expresaba su aprobación cuando ganaban una victoria
inocente sobre algo que se habían propuesto realizar. Les cantaba a los
niños con palabras dulces y llenas de bendición. Ellos sabían
que él los amaba.
Nunca los regañó. Compartió
con ellos sus alegrías y tristezas infantiles. A menudo juntaba algunas
flores, y después de mostrarles a los niños su hermosura se
las dejaba como un regalo suyo. Él había hecho las flores, y se
deleitaba en destacar sus bellezas.
A veces se ha dicho que Jesús no sonreía nunca. Esto no es correcto.
La inocencia y la pureza de un niño extraían de sus
labios un canto gozoso.
A los que lo seguían
les explicaba la palabra de Dios con tanta claridad que se deleitaban
en su compañía. Desde las cosas inferiores de la tierra dirigía sus
pensamientos hacia los santos principios de la verdad y la justicia.
Los preparaba para que comprendieran todo lo que entraña la transformación del carácter a la semejanza divina. Sus palabras fortalecían la fe. De este mundo lleno de cuidados y preocupaciones, transportaba el pensamiento de sus oyentes hacia aquel otro mundo más elevado y noble, que muchos habían perdido de vista.
Mostraba
que cada momento de la vida está cargado de importancia eterna.
Enseñaba que las cosas de este mundo son de poco valor si se las
compara con las cosas del mundo venidero. (Manuscrito 20, 1902). EJ 85
AUDIO.
https://youtu.be/BgeRclyCStg
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