Y
cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina. (Mat.
7:28).
No
se ocupó de teorías abstractas, sino de lo que es indispensable para el
desarrollo del carácter; de lo que ampliará la aptitud del hombre para conocer
a Dios y aumentará su poder para hacer bien. Habló de las verdades que se
refieren a la conducta de la vida, y que unen al hombre con la eternidad.
En vez de inducir al pueblo a estudiar las teorías humanas acerca de Dios, su Palabra, o sus obras, le enseñó a contemplarlo según se manifiesta en sus obras, en su Palabra y por medio de sus providencias. Puso sus mentes en contacto con la mente del Ser Infinito.
“Y la gente se admiraba de cómo les enseñaba,
porque hablaba con
plena autoridad”. (Luc. 4:32DHH).
Nunca antes habló otro que tuviera tal poder para despertar el pensamiento,
encender la aspiración y
suscitar cada aptitud del cuerpo, la mente y el alma.
La enseñanza de Cristo, lo mismo que su simpatía, abarcaba al
mundo. Nunca podrá haber una circunstancia de la vida, una crisis de la
experiencia humana que no haya sido prevista en su enseñanza, y para la cual no
tengan una lección sus principios.
Las palabras del
Príncipe de los maestros serán una guía para sus colaboradores, hasta el fin
del tiempo... Tenía en vista las necesidades de toda la humanidad. Ante su
mente estaban desplegadas todas las escenas de esfuerzo y progreso humanos, de
tentación y conflicto, de perplejidad y peligro. Conocía todos los corazones,
todos los hogares, todos los placeres, los gozos y las aspiraciones.
No sólo hablaba para
toda la humanidad, sino a ella, Su mensaje era proclamado al niñito, en la
alegría de la mañana de su vida; al corazón ansioso e inquieto de la juventud;
a los hombres, en la plenitud de sus años, que llevaban la carga de la responsabilidad
y el cuidado; a los ancianos, en su debilidad y cansancio; su mensaje era
dirigido a todos; a todo ser humano, de todo país y época.
Su enseñanza abarcaba las cosas del tiempo y las de la eternidad, las cosas visibles en su relación
con las invisibles, los incidentes
pasajeros de la vida común, y los solemnes sucesos de la vida futura.
Establecía la verdadera relación de las cosas de esta vida, como
subordinadas a las de interés eterno, pero no ignoraba su importancia. Enseñaba
que el cielo y la tierra están ligados y que el conocimiento de la verdad
divina prepara mejor al hombre para desempeñar los deberes de la vida diaria.
Para
él, nada carecía de propósito. Los juegos del niño, los trabajos del hombre,
los placeres, cuidados y dolores de la vida, eran medios que respondían a un
fin: la revelación de Dios para la elevación de la humanidad. (La
educación, págs. 77-78). EJ 172
AUDIO. https://youtu.be/2zzF9sSwlZk
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